La mutación de narcotráfico en Ecuador y Latinoamérica

Por: Marco Bastos, analista político brasileño, con formación en relaciones internacionales e historia económica. Experto en América Latina.

ANÁLISIS. En octubre del 2021, los ecuatorianos despertaron con un nivel de violencia inusitada que desconocían. En los presidios más grandes las bandas se enfrentaron causando muertes sangrientas y despiadadas: los reclusos no repararon en decapitar y mutilar a otros internos que difícilmente podían ser identificados por los peritos forenses.

Este nivel de violencia ya se ha visto antes en México y Brasil, lo cuál despierta el interrogante sobre si Ecuador podrá experimentar en los próximos meses los mismos índices de criminalidad mexicanos y brasileños. En 2021, el índice de homicidios en México fue de 26 por 100.000 habitantes, el de Brasil fue del 18.5, mientras que el de Ecuador llegó al 14, el doble del año anterior.

Hasta el momento,  la respuesta del presidente Guillermo Lasso a las masacres carcelarias  fue decretar el Estado de Emergencia y enviar tropas y tanquetas a reforzar la presencia policial en las calles y tratar de retomar el control de los presidios, una respuesta táctica, por ende, de corto plazo. Esta suele ser la misma receta de otros gobiernos latinoamericanos ante estallidos de violencia. En los últimos años, Ejército y policías militarizadas han sido desplegados para mantener el orden público en Trinidad y Tobago, México, Perú, Brasil y Colombia, sin evidencia consistente de una mejora estructural de la seguridad en estos países.

Decretar Estados de Emergencia sirve para que los gobernantes den discursos duros en contra del crimen, intentando no dañar su imagen ante sus votantes. Así, el problema, con sus causas complejas y soluciones de largo plazo, solo se patea hacia adelante.

Una respuesta de largo plazo al fenómeno del crimen organizado requiere una estrategia sostenible en el tiempo. Dicha estrategia debe ser concertada entre el gobierno nacional, los gobiernos seccionales y la Asamblea, incluyendo a la oposición.

Incluir a la oposición es fundamental para las estrategias de largo plazo. Las razones son elocuentes:

1) En democracia, la oposición vuelve a ser gobierno. Para que esta oposición no patee el tablero de la estrategia a largo plazo, es necesario hacerle parte de los acuerdos.

2) Lasso es un gobierno con minoría en el Parlamento, tiene menos de un tercio de los asambleístas; por ende, necesita construir consensos para implementar sus políticas.

Las estrategias exigen diagnósticos bien estructurados, idealmente lejos de la pasión política, guiados por evidencias empíricas. A los problemas del mundo real, de la gente, no le importa mucho la ideología del gobernante de turno.

El primer diagnóstico es que Ecuador está en un proceso acelerado de volverse parte del supply chain del negocio internacional de la cocaína, que empieza en Colombia, que produce el 70% de la cocaína consumida en el mundo y donde el kilo promedio cuesta US$ 1.260.

En los destinos finales, donde se consume la mercancía, el kilo llega a costar 25 veces más, como en Estados Unidos (US$ 32.000 el kilo) y 47 veces más en Europa (US$ 60.000 el kilo). Este es un mercado completamente desregulado, con abultadas tasas de ganancias, donde los productores dictan las reglas. Los puntos de distribución y venta se disputan a sangre y fuego.

La cocaína producida en Colombia y Perú tiene múltiples rutas para llegar hacia Estados Unidos y Europa. En Brasil, los gigantescos ríos de la jungla amazónica sirven como ruta hacia los puertos de la costa atlántica. En los últimos 20 años, con el crecimiento del negocio de la cocaína, la violencia creció en estas zonas del territorio brasileño, incluso en momentos de bonanza económica y mejora de la distribución del ingreso. En Ecuador, también las rutas y las zonas cercanas a los puertos de exportación experimentan un alza en los índices criminales.

En Brasil, la falta de estrategia del Estado para controlar las cárceles y tener una diagnóstico claro del problema del narcotráfico desencadenó la creación de pandillas dentro de los penales. La más importante es el Primer Comando de la Capital (PCC), creada después de que la policía antimotines de São Paulo mató a 111 detenidos en una rebelión en 1993. Con el paso de los años el PCC evolucionó hacia un cartel transnacional. Hoy controla rutas de comercio de cocaína y armas en toda América de Sur y exporta droga hacia Europa por los puertos brasileños.

Pobre información de Inteligencia

El segundo diagnóstico es que el Estado ecuatoriano tiene que ser capaz de producir información de calidad sobre el crimen en el país. Sin inteligencia, el combate al crimen se verá restringido a tanquetas, sin un efecto duradero a mediano y largo plazos. Inteligencia es ser capaz de detectar flujos financieros sospechosos de lavado de activos, de rastrear el suministro de armas y municiones a grupos criminales, hacer el mapeo del estándar de actividades criminales (cuándo y dónde suceden los distintos delitos). Finalmente, la inteligencia de las fuerzas de seguridad tiene que estar entrenada y equipada para solucionar crímenes y descabezar pandillas, desmontar estructuras.

El negocio internacional de la cocaína es el principal factor de desestabilización de los estados y las sociedades en América del Sur. La región tiene el 6% de la población, pero concentra el 19% de los homicidios del planeta.

Las últimas guerras de larga escala en la región fueron la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), cuando Brasil, Argentina y Uruguay lucharon en contra de Paraguay, y la Guerra del Pacífico (1879-1883), en la que Chile enfrentó Bolívia y Perú. El último conflicto convencional ocurrió en 1995, entre Ecuador y Perú, en el alto Cenepa. Las fronteras sudamericanas han sido más estables que las europeas, asiáticas y africanas, pero la Guerra contra las Drogas desestabiliza toda la región.

Llama la atención que en las cumbres entre los  jefes de Estado en América del Sur no se haya tratado con frontalidad el fracaso común del combate al crimen transnacional. Lasso podría buscar un liderazgo regional encabezando una iniciativa que empiece a promover un diálogo de intercambio de experiencias entre los países de la región. Hoy en día no hay ninguna iniciativa relevante de coordinación regional.

Una propuesta en este sentido tendría que vencer resistencias y desconfianzas en las burocracias y fuerzas de seguridad nacionales (muchas veces parte del negocio de la cocaína). Sin embargo, América del Sur tendrá, tarde o temprano, que lidiar de forma coordinada con su gran problema geopolítico. Lasso podría relanzar su imagen como un líder innovador y que busca concertar.