El mariscal Antonio José de Sucre fue enterrado no una sino tres veces, en Quito, revela esta investigación en Ecuador y Venezuela. Mariana Carcelén desafió y confundió a todos: rescató los restos mortales de su esposo y los ocultó en el convento del Carmen Bajo, junto con los de su pequeña hija Teresita, fallecida a los tres años de edad. La Marquesa de Solanda murió sin revelar el sitio donde los sepultó. Su figura y trascendencia así como el de la Abadesa y las monjas del claustro, que guardaron el secreto, han sido invisibilizadas por dos siglos.
Por María Belén Arroyo
Alianza Código Vidrio-Vistazo
Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, tuvo un rol crucial, pero invisibilizado en la historia https://www.codigovidrio.com/code/secretos-y-encrucijadas-despues-de-la-batalla-de-pichincha-salen-a-la-luz-las-facetas-ocultas-del-mariscal-sucre-y-su-esposa-quitena-la-marquesa-de-solanda/. Luego de conocer el asesinato de su esposo, el mariscal Antonio José de Sucre, en Berruecos, Colombia, en junio de 1830, envió una comitiva con personas de su confianza para que recuperaran sus restos y los trajeran a Quito. Durante seis meses, esta investigación periodística recreó los hechos en Ecuador y Venezuela. Y descubrió los personajes ocultos detrás del triple entierro de Sucre. Los gobiernos de Venezuela y Bolivia reclamaron los restos de Sucre en Ecuador, en varias ocasiones, sin resultado el sigilo 19.
“Lo recuerdo como si fuera ahora. La señora Marianita Carcelén estaba muy elegante, era la fiesta del Corpus Christi. Miraba por la ventana de su casa, esperaba la procesión por la calle del Correo. En ese momento llegó Lorenzo Caicedo, asistente de Sucre. La marquesa al verle le gritó: ‘¿Qué es del general?’. Y él solo respondió: ‘Le vengo enterrando en Berruecos’. El muchacho traía la mulita en que venía Sucre y el sombrero que estaba puesto cuando le mataron…”.
Mariana Tobar tenía 90 años cuando fue entrevistada por un reportero del diario quiteño El Día. Su recuerdo estaba intacto aunque habían pasado 70 años desde el asesinato de Antonio José de Sucre, el mariscal de Ayacucho.
Cuando llegó la noticia del crimen, a mediados de 1830, Mariana Tobar era una jovencita que trabajaba como ama de llaves. La casualidad hizo que compartiera el nombre con la esposa de Sucre, Mariana Carcelén.
Ese día de Corpus en 1830, la casa azul de la familia Sucre Carcelén estaba adornada con cortinas coloridas para celebrar la fiesta religiosa. De inmediato fueron reemplazadas por telares negros, en señal de duelo.

Mariana Carcelén de Sucre tenía 25 años cuando enviudó. Era quiteña. Había heredado de su padre el título de marquesa de Solanda; así como tierras y propiedades.
Se casó con Sucre luego de una relación a distancia, que duró seis años, pactada entre su padre, el marqués, y el mariscal de Ayacucho. La mayor parte del tiempo se comunicaron a través de cartas que tardaban meses en ir y venir. El mariscal cumplió todos los deberes militares y políticos que le designó su mentor, Simón Bolívar. Para el matrimonio, efectuado en abril de 1828, no estuvo presente Sucre sino su apoderado, el general Vicente Aguirre.
La vida de pareja empezó en septiembre de 1828 y se extendió hasta noviembre de 1929. En ese lapso nació la única hija de ambos, Teresita Sucre Carcelén. Cuando su hija cumplió cuatro meses de nacida, el mariscal escribió su testamento. Presentía que moriría antes de cumplir los 50 años. Y pocos días después de testar partió para cumplir una nueva encomienda de Bolívar: participar en el Congreso de Bogotá. De esa misión regresaba a Quito cuando, en la montaña agreste y desolada de Berruecos (hoy frontera sur de Colombia), fue asesinado por un complot de militares colombianos. Era el cuatro de junio de 1830.
Venezuela y Bolivia reclamaron varias veces los restos de Sucre
Los hechos sucedieron hace casi 200 años. Este proyecto periodístico reconstruyó algunos de los pasajes, tras seis meses de investigación en Ecuador y Venezuela, para recrear un capítulo oculto de la historia.
Hay un antecedente. Los restos de Sucre fueron reclamados por los gobiernos de Venezuela y de Bolivia, en múltiples ocasiones. Ambos países enviaron comisiones especiales para recuperar y llevarse el cofre mortuorio, durante los siglos XIX y XX. Ninguna tuvo éxito. El comandante Hugo Chávez reactivó la causa.
Y más recientemente, en noviembre de 2025 el entonces presidente venezolano Nicolás Maduro anunció que pediría repatriar las reliquias de Sucre para llevarlas a la ciudad natal de Sucre, Cumaná, en su país de origen.
Nada de esto ocurrió. El mausoleo reposa en la catedral primada, en el centro Quito, a escasas cuadras de la casa azul donde brevemente vivió Sucre con su familia. A este sitio llegó en junio de 1900, cuando fue rescatado del lugar donde se había ocultado.
Entre 1830 y 1900, la localización de la sepultura fue un secreto custodiado por un puñado de personas. Todas guardaron silencio para evitar que la tumba fuera profanada y para cumplir la voluntad de la mujer que desafió a los asesinos de su esposo, rescató el cuerpo y escondió la sepultura. Mariana Carcelén murió a los 56 años de edad, sin revelar el enigma. La historia invisibilizó su figura, encasillándola como la viuda que volvió a casarse y formó una nueva familia. Este reportaje narra la historia detrás de un misterio que se custodió durante 70 años. Y al hacerlo sale a la luz una dimensión oculta de Mariana Carcelén.
La inesperada reacción de la viuda
Hubo llantos y desolación en la casa ese jueves de Corpus Christi en 1830. Después de pocos días, la marquesa ordenó que el asistente del mariscal, Lorenzo Caicedo; el mayordomo de la hacienda ‘El Deán’, Isidro Arauz, y varios trabajadores de la hacienda viajaran para recuperar el cadáver, enterrado bajo un árbol en la montaña de Berruecos.
Llevaban “mucho alcohol, espíritus de la botica, una caja de madera antigua, de esas de guardar ropa, y dos animales de carga”. Eso le contó Francisca de Arauz, esposa del mayordomo de la hacienda ‘El Deán’ a una figura que resulta clave en esta historia. Su nombre era Rosario Rivadeneira.
Rosario era hija de una amiga y vecina de Mariana Carcelén. Ambas tenían propiedades contiguas, las haciendas “Chisinche Chico” y “Chisinche Grande”.
A Rosario la llevaban desde muy niña de visita a la hacienda de la marquesa, quien llegó a apreciarla. Allí conoció a Francisca de Arauz, la esposa del fiel colaborador de la familia Sucre Carcelén.
Más tarde, cuando Francisca se sintió enferma y próxima a morir, la buscó. Le compartió detalles del rescate. Los conocía porque su esposo había participado en la misión encomendada por la viuda del mariscal.
Esto fue lo que relató: “Como el cadáver no alcanzaba en la caja, le recogieron las piernas a la fuerza. Pusieron ropas encima, para aparentar que transportaban mercaderías. Al regresar, caminaron solo de noche y con grandes precauciones. No llegaron a Quito, sino directamente fueron a la hacienda ‘El Deán’ en Los Chillos. Era propiedad de la familia. Allí tenían preparado un ataúd y varias sustancias antisépticas”.


La caja mortuoria fue depositada bajo el altar del oratorio de la hacienda. Y allí permaneció durante los siguientes años.
Mientras tanto, la marquesa de Solanda recibía cartas con interrogantes sobre la tumba de su esposo. Un hermano de Sucre escribió de Venezuela, para averiguar si continuaba enterrado en el sitio del crimen, en Berruecos. Mariana respondió que había recuperado los restos y que el cofre mortuorio estaba bien resguardado en el mausoleo familiar, ubicado en el convento de San Francisco, en Quito. Allí había enterrado un ataúd con adobes. A sus colaboradores más cercanos les confió que temía que los restos fueran profanados, por sus enemigos políticos.
La tragedia rodeaba a la familia de la marquesa
Mariana Carcelén se casó un año después de enviudar. La única hija que tuvo con Sucre, Teresita, tenía cuatro meses cuando el mariscal salió a ese viaje, del cual no volvió. La niña había nacido en julio de 1829. A mediados de noviembre de 1831, Teresita murió; no había cumplido tres años de edad.
Sobre la muerte de la niña a edad tan temprana circularon versiones. Según una de ellas, difundida por un autor de apellido Cuervo, el segundo esposo de la marquesa, el general Isidoro Barriga, jugaba con ella en el balcón de la casa cuando cayó al primer piso, muriendo en forma inmediata.
Otro autor descartó esa posibilidad. Alfredo Flores y Caamaño escribió años después un estudio sobre “El verdadero testamento de Sucre”. En él incluye entrevistas a personas que vivieron cerca de la familia por esos años trágicos. Todos coinciden en que la niña falleció por una enfermedad intestinal, común en esa época. El ejemplar de este libro fue consultado en la biblioteca de la Casa de la Cultura, en Quito.
Lo que ocurrió después se conoce, con cierto detalle, a través del testimonio de una religiosa de clausura. La madre Carmen de la Concepción Jameson era hija del botánico escocés William Jameson, considerado el pionero de esa ciencia en Ecuador. Él arribó a América en barco y desembarcó en El Callao, Perú, para continuar su exploración hacia el norte. Se radicó en Ecuador y en 1829 se casó con una mujer quiteña. Carmen fue la cuarta de los seis hijos de la pareja. Fue monja y llegó a ser superiora del convento del Carmen Bajo, en Quito. Casi toda su vida transcurrió en ese monasterio carmelita.
La monja escocesa que custodió el misterio detrás de un claustro
Para 1900, la madre Jameson era una anciana pero rememoraba los hechos del pasado. Recordaba el año en que la caja mortuoria llegó desde la hacienda ‘El Deán’, en el valle de Los Chillos, hasta la iglesia del monasterio del Carmen Bajo, en el centro de Quito.
Fue en 1841, aseguraba. Para esa época, la superiora del convento era la religiosa Manuela Valdivieso y Carcelén, pariente de la marquesa de Solanda. Además, sus tías maternas Josefa y Magdalena Larrea eran monjas de esa orden carmelita.

“La caja mortuoria que trajeron contenía a más de los restos del general Sucre, los de una niñita hija suya, llamada Teresa, de dos a tres años de edad”.
La madre Jameson escuchó hablar del misterio a las monjas más antiguas. También comprendió que debía custodiarlo.
El relato coincide con el que Francisca de Arauz narró a Rosario Rivadeneira. “Los restos fueron exhumados y guardados en una nueva caja, que fue traída con sigilo a Quito. Se sacaron de San Francisco los restos mortales de la niña Teresita, se los colocó junto con los de su padre. El fondo del ataúd se recubrió con tela de tisú y ambos fueron cubiertos con un traje de la marquesa”. Así, Mariana Carcelén cubría a su esposo e hija en un abrazo final, en la última morada, al protegerlos con una prenda que atesoraba.
Francisca de Arauz contó que ella y su esposo, el mayordomo de la casa de Sucre, llevaron la caja al Carmen Bajo, conocido entonces como Carmen Moderno. Ahí los recibió la superiora Manuela Valdivieso, familiar de la marquesa. “A los padres de San Francisco se les hizo creer que reposaban en un ataúd que solo contenía adobes”.
La superiora Jameson relataba en 1900 que seis años antes pudo revelar la verdad y no lo hizo. Mantuvo silencio. En 1894 un delegado de Venezuela y familiar de Sucre llegó a Quito y reclamó el cofre mortuorio. “Este secreto no debía salir de nosotras que tantos favores debimos a la marquesa de Solanda. Ella se interesaba vivamente en que no se descubriese el sitio donde estaba sepultado su esposo, pues temía que fuesen profanados sus restos. Era imposible que yo revelase una palabra pues por algo tengo sangre inglesa”, dijo la religiosa.
Y aclaró que solo rompía el silencio porque alguien ya más lo había hecho. Se trataba de la confesión que la esposa del mayordomo, Francisca de Arauz, había revelado a Rosario Rivadeneira.
Rosario contó que conoció de todos estos hechos hacia 1885. No pudo escribirlos ese momento porque se hallaba enferma pero dictó los detalles a su padrastro. Él guardó esos documentos y no se los entregó. Pasaron los años. En 1894 tampoco habló, aunque la misión oficial desde Venezuela llegó para recuperarlos. “Cuando vino el doctor Sucre como enviado de Venezuela para recaudar los restos del mariscal, tuve la intención de revelar a este sacerdote mi secreto; pero llegué a saber lo mal que había tratado a los padres franciscanos y me abstuve de hacerlo”.
El hallazgo histórico, 70 años después del crimen
En abril de 1900 Rosario Rivadeneira compartió el relato con un amigo de su familia, Alejandro Melo. Él a su vez lo confió a César Portilla. Ambos notificaron a las autoridades.
Las excavaciones en la iglesia que pertenece al monasterio del Carmen Bajo empezaron de inmediato. Duraron tres días. El 24 de abril hallaron la caja mortuoria. Su interior contenía retazos de tela y vestidos finos, fragmentos óseos de un niño y un adulto. El cráneo del adulto conservaba las huellas de disparos.
La memoria que atesoran las religiosas del Carmen Bajo en sus crónicas revela la importancia que para ellas tuvo el hallazgo.
Escrita a mano, con hermosa caligrafía, refiere que “Gran acontecimiento fue encontrar por indicaciones de la madre Carmen de la Concepción, quien poseía el secreto, los restos del mariscal Antonio José de Sucre que, junto con el cadáver de su hijita, se hallaba enterrado en el presbiterio de nuestra Iglesia”. La crónica del convento relata que el sitio se convirtió en una capilla ardiente, cubierta completamente de negro. Durante tres días quedó expuesta la caja para veneración del público y con custodia militar.

Hubo misas de réquiem solemnes, con la asistencia del entonces presidente, general Eloy Alfaro.
Las madres carmelitas actualmente viven en un régimen contemplativo, no en absoluta clausura, en el mismo monasterio. Aceptaron compartir esta reseña para el proyecto periodístico de Sucre y Mariana Carcelén. Abrieron las puertas del monasterio a este equipo, la visita fue conducida por el guía Christian Terán, quien organiza recorridos periódicos con fines educativos.
El convento, ubicado en las calles Venezuela y José Joaquín de Olmedo, en la así llamada Cuesta del Suspiro. El complejo arquitectónico un legado de tres siglos y medio. El primer monasterio de las carmelitas de Santa Teresa de Jesús se estableció en Latacunga, en 1669. Casi 30 años después, en 1698, se produjo un terremoto. Todas sobrevivieron. Al día siguiente partieron hacia Quito y se establecieron en el sitio donde actualmente se encuentra la edificación histórica.
Una mujer invisibilizada por la historia
Mariana, marquesa de Solanda, falleció en 1861, cuando tenía 56 años. Murió sin revelar el sitio donde había sepultado a su esposo, el mariscal Antonio José de Sucre. La historia la juzgó como la viuda que volvió a casarse, un año después de perder a su esposo en forma trágica.
Su carácter y su coraje fueron invisibilizados. No solo desafió a los autores del crimen. También recuperó los restos y los escondió con celo mientras vivió para preservar para la posteridad su memoria.
Al conocer la noticia del crimen de Sucre, Mariana escribió una carta al militar colombiano, señalado como autor intelectual. Se trata del general Obando. Esta carta se incluye en el libro sobre el testamento del mariscal. “Estos fúnebres vestidos, este pecho rasgado, el pálido rostro y el desgreñado cabello están indicando tristemente los sentimientos dolorosos que abruman mi alma. Ayer esposa envidiable de un héroe, hoy objeto lastimero de conmiseración. Nunca existió un mortal más desdichado que yo. No lo dudes, hombre execrable, la que te habla es la viuda desafortunada del gran mariscal de Ayacucho”.
Sus palabras reflejan la magnitud de su tragedia. La carta habría sido, según autores, el origen de una campaña de difamación en contra de la marquesa.
Ella se casó con el general colombiano Isidoro Barriga al año siguiente del crimen. Tuvieron un hijo, Felipe Barriga Carcelén. Él se casó con Josefina Flores Jijón, hija del general Juan José Flores.
De esta manera, la familia de la marquesa se unió con la del general venezolano que fue el primer presidente del Ecuador.
Josefina Flores tuvo un solo hijo, que murió cuando cumplió 14 años. Viuda y sin descendencia, entregó gran parte de su archivo personal a su sobrino Alfredo Flores y Caamaño. A inicios del siglo XX, él escribió su obra “El verdadero testamento de Sucre”.
Del documento se desprende que la fortuna del mariscal fue más figurada que real. Tuvo haciendas en Perú que no pudo recuperar, también dejó deudas sin cobrar en Bolivia. En varias cartas, Sucre reveló que estaba quebrado y no quería abusar de la fortuna de su esposa, que también mermaba.
Mariana Carcelén visitaba El Carmen con frecuencia; las monjas relataban que la veían llorar. Al morir fue enterrada en el cementerio de El Tejar.