Cartas escondidas: así fue el fugaz matrimonio entre el mariscal Sucre y la quiteña Mariana Carcelén, última marquesa de Solanda

La unión conyugal fue acordada entre el padre de Mariana y Sucre. Casi un centenar de misivas escritas por él se refiere a su vida privada. La última carta que redactó, semanas antes de su asesinato en 1830, refleja sus sentimientos. Su último deseo era ‘comer humitas frente al río Machángara’. No se cumplió. Aquí revelamos las cartas previas al crimen.

Por María Belén Arroyo
Alianza Código Vidrio-Vistazo

Detrás del hecho histórico de la Batalla de Pichincha, que selló la independencia el 24 de Mayo de 1822, hay episodios invisibilizados. Uno de ellos es la relación peculiar entre Antonio José de Sucre, mariscal de Ayacucho, y Mariana Carcelén, la marquesa de Solanda, quien fue su esposa. La ceremonia se realizó en abril de 1828, sin el novio, en su lugar participó un apoderado de Sucre. Esta investigación periodística reconstruye un pasaje de la vida privada de ambos personajes, y revela cartas y documentos inéditos. Ésta es la segunda de cuatro historias.

La vida de pareja recién empezó en septiembre de 1828. Y en noviembre de 1829, el mariscal viajó hacia Colombia, para cumplir una misión política que le encargó el libertador Simón Bolívar de participar como diputado por Ecuador en el Congreso en Bogotá y luego en el Congreso Extraordinario, en Cúcuta. Al regreso de este viaje Sucre fue asesinado. Unas semanas antes escribió esta carta a su esposa, Mariana.

“…Te pienso cada vez con más ternura … desespero por ir junto a ti, para pedirte que por recompensa de mis delirios, de mi adoración por ti, me quieras mucho… Por el correo que vino ayer de Bogotá me dicen que se insiste en que yo tome la Presidencia o Vicepresidencia. No sé qué haya de exacto, pero te repetiré que no aceptaré nada… Todo, todo, todo lo pospondré a dos objetos: primero a complacerte. Y segundo, a mi repugnancia a la vida pública. Solo quiero vivir contigo en el retiro y en el sosiego…”.

Retrato de Sucre en un billete venezolano.

Esta misiva fue escrita hace casi 200 años. Es quizás el último mensaje que escribió Sucre a Mariana. Al menos, es el último que se conserva. La fecha de la carta está en duda. Un facsímil del manuscrito se encuentra custodiado en el archivo Juan José Flores, del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica, de Quito.

La historiadora Doménica Sotomayor, quien dirige el archivo, explica la importancia del documento. Es uno de los objetos que se encuentran exhibidos al público como parte de una muestra sobre ‘Amores Epistolares’, en el centro cultural de la PUCE.

La exposición recoge además otros bienes personales de Sucre. El sombrero que llevaba puesto cuando las balas asesinas le quitaron la vida aún muestra las huellas del disparo letal, que ingresó por el parental derecho. La silla de montar, impecable y lustrada. Y un retrato en miniatura de Mariana, la mujer quiteña con quien el mariscal de Ayacucho tuvo una convivencia matrimonial fugaz y trágica.

La reproducción facsimilar que reposa en el archivo del centro cultural no tiene fecha. Según la historiadora a cargo de la muestra, es probable que haya sido redactada a inicios de mayo de 1830. Esto significa un mes antes del crimen.

Un libro custodiado por la biblioteca de la Casa de la Cultura, en Quito, reproduce la carta con la fecha en que fue redactada: el 5 de abril de 1830. Aunque es imposible descifrar el día exacto, queda en claro el afecto que dejó por escrito el mariscal hacia su esposa.

Un nombre y un título nobiliario, quién era Mariana Carcelén

Mariana Carcelén. Su nombre pasó casi inadvertido para la historia. Apenas sobrevive la referencia a un título nobiliario que bautiza a un barrio quiteño. Y sin embargo,la marquesa de Solanda, tuvo un rol fundamental en la vida, y luego de la muerte, del mariscal de Ayacucho.

Sucre y Mariana vivieron juntos con su pequeña hija 14 meses, en una casona a cuatro cuadras del Palacio de Gobierno. (Retrato recreado de la vida familiar que se encuentra en la vivienda del Mariscal)

“Su figura fue invisibilizada, no fue recogida por la historia oficial, nada se sabe de lo que ella sentía y no se conserva una carta que haya escrito para Sucre”, explica la historiadora Doménica Sotomayor.

La exposición abierta en el centro cultural de la PUCE busca que el público conozca ciertos pasajes de la historia. Una obra de teatro se presenta en el centro, para que los jóvenes comprendan, en tiempos de TikTok y citas virtuales, cómo eran los romances en el siglo XIX.

Los textos formales recogen los detalles del asesinato del mariscal de Ayacucho. Las proclamas de Bolívar (“Han matado al Abel de América”).  Lo que ocurrió después se pierde en el laberinto del olvido.

Tras casi dos siglos, este proyecto periodístico reconstruyóel capítulo inconcluso. Para ello, el equipo de dos periodistas y un médico e historiador investigó durante seis meses en Ecuador y Venezuela.

Después de la Independencia empezaron tiempos turbulentos

Eran tiempos violentos, matizados por guerras sangrientaspara terminar con el dominio español. No empezaba de lleno la vida republicana en los territorios que Simón Bolívar llamó la Gran Colombia. Había disputas internas.Entre los uniformados se disputaban parcelas de poder.

Mariana Carcelén vivió la época de la independencia en Quito. Su padre, el marqués de Solanda, fijó el compromiso matrimonial con Antonio José de Sucre, cuando ella tenía 17 años.

En la casa de Sucre también estaba adecuada un sala con un altar de oración. Foto Código Vidrio

Para entonces, era una joven de piel blanca, cabellos oscuros rizados y ojos negros. Eso muestran los escasos retratos de la época.

Su familia tenía tierras y haciendas. Sus ancestros compraron un título nobiliario, el marquesado, que se transmitía por herencia. La transacción se negociaba en un valor aproximado de 30 mil pesos. Más o menos, la cantidad que costaba adquirir una propiedad de gran extensión. Ella recibió el título por ser la mayor de las hijas; de los varones, ninguno llegó a la vida adulta.

Eran días de gloria. La independencia de la corona española se acababa de sellar con la batalla de Pichincha, el 24 de Mayo de 1822.

En Quito había celebraciones en las casas de las familias acaudaladas. Tres semanas después de la victoria, en casa de unos parientes de los Carcelén se realizó una cena para agasajar al libertador Simón Bolívar, quien acababa de llegar a Quito, triunfante.

Las reseñas de la época recogen parte de las delicias degustadas: 80 pichones, pavas de monte, lenguas de vaca, terneras. Las familias pudientes botaron la casa por la ventana, como describen los documentos históricos. Uno de los relatos se encuentra representado en una pared del comedor de la casa de Sucre. Esta edificación restaurada se encuentra en el centro de Quito.

En medio de la algarabía libertaria, el padre de Mariana y Antonio José de Sucre acordaron que el matrimonio se realizaría lo antes posible. El noble quiteño murió en 1823 sin ver concretada la alianza.

Simón Bolívar buscaba consolidar la unión de las nacientes repúblicas que había liberado, bajo la divisa de la Gran Colombia. En ese afán pidió a su general más fiel y respetado, Antonio José de Sucre, a viajar por lo que hoy serían Colombia, Perú y Bolivia. Sucre liberó el Alto Perú y fue el primer presidente de Bolivia. Sofocó sublevaciones y enfrentó traiciones de los mismos uniformados. Una de ellas, en Chuquisaca (Bolivia) casi le cuesta la vida y le dejó un brazo herido.

Sucre escribió muchas cartas en medio de sus gestas militares

Entre tantas obligaciones políticas y militares impuestas, el Mariscal estaba muy lejos de Quito. Las continuas peticiones de Bolívar mantuvieron a Sucre distante por el lapso de seis años. En Bolivia tuvo otras relaciones; se sabe que dejó descendencia en esa nación.

La relación entre Sucre y la marquesa continuó a través de cartas, las cuales tardaban meses en llegar, por la precariedad de los correos.

El mariscal se carteó con su amigo y representante en Quito, general Vicente Aguirre, en forma continua.

Un amplio patio central adornado con una fuente y jardines recrea el ambiente en el que vivió la pareja poco más de un año. Foto Código Vidrio

El contenido de mucha de esta correspondencia se ha preservado, gracias a un esfuerzo del Banco de Venezuela, a través de la Fundación Vicente Lecuna que reunió, atesoró y publicó las misivas en 13 voluminosos tomos.  Ejemplares de esta colección, fechados en 1973, se encuentran en la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo, de Quito.

Este proyecto periodístico accedió a esta colección revisó casi un centenar de reproducciones que contienen asuntos de interés personal para Sucre. Todas están dirigidas a Aguirre. No se conservó ni una sola dirigida a MarianaCarcelén. Tampoco hay una carta escrita por ella.

Sucre se refiere a ella nombrándola con la inicial M, o con las tres primeras letras de su nombre, Mar, cuando la escribía a Aguirre sobre su relación.

El tono variaba entre la incertidumbre, porque no podía cumplir su palabra; el desconcierto, porque se había enterado que ella tenía otra petición de matrimonio; la ansiedad, porque ella dejó de escribirle dos años. La indignación, porque la madre de ella creó un entorno de intrigas.

“Me ha molestado mucho el cuento que usted me dice de la madre de M. Usted supondrá cuánto puede herirme. En lugar de escribirle la carta que usted me pide, puede usted decirle que desde que tuve 14 años no dejé dirigir mi conciencia ni por mi padre. Si ella está comprendida en el cuento de su madre, tampoco quiero gobernarle yo su conciencia”. Esto redactó desde Puno (Perú) el 29 de enero de 1825.

En abril del mismo año, desde Potosí, le confesaba a Aguirre que “Si ella y su madre querían investigar mi conciencia prefería romper todas relaciones a sujetar mi conducta a esta humillación”.

Aguirre era el confidente del Mariscal

Recién en septiembre de 1825 los malentendidos e intrigas fueron superados. Así le comentaba a Aguirre: “La carta de esta amable niña me ha sido a un tiempo complaciente y desagradable. Es ésta mi posición, el único partido que se me ofrece, para cumplir a la vez mis deseos, mis deberes y mi palabra… M es una mujer que me convendría porque su carácter con el mío se avienen, porque después de dos años y medio de estar ausentes tengo por ella tanto cariño como estando tratándola. Y porque es después de todo quiteña y yo quiero una quiteña para compañera de vida”. Sin embargo, recalcaba que no se atrevía a comprometerla porque no sabía cuándo volvería a Quito.

En diciembre de ese año 1825 escribía que conservaba el cariño y los sentimientos que tenía hacia ella en marzo de 1823, pero que le había dejado “en absoluta libertad para resolver lo que quisiera”, pues había sido franco al confesarle que “no sabía cuándo volvería”.

En su casa Sucre tenía una caballeriza, ubicada en la parte posterior. La montura original se muestra en una exposición en el Archivo Juan José Flores del Centro Cultural de la PUCE. Fotos Código

El 11 de abril de 1826 el mariscal contestaba una misiva. Al parecer, el coronel Aguirre le había amonestado por su falta de palabra al no concretar el compromiso matrimonial.

Sucre le respondió en relación al “largo sermón” en el cual le exigía un “compromiso definitivo con ella”. “Si yo contara con reposo y estabilidad, nadie sino ella sería la escogida de mi corazón (…) El silencio que ella guardó conmigo durante dos años me llevó a nuevos compromisos políticos, de los que no puedo salir”.

Tres meses antes, desde Chuquisaca, él había reflexionado  que “Si M misma no hubiera guardado un silencio profundo en que no me contestó ni una de mis cartas yo no habría hecho este compromiso con el Libertador. Yo le mandé en la carta que pienso que su madre es la culpable, pero ella también lo es, por su silencio”.

Para el 14 de junio de 1826, Sucre escribía a su amigo y representante en Quito. Le contaba que Bolívar le había negado el permiso para retirarse de la vida pública. Planteaba la posibilidad de que Mariana viajara con su madre, embarcándose desde Guayaquil para llegar a Arica, para reunirse con él. Y reclamaba que le enviaran un retrato de ella, que se perdió en el trayecto. Ella no viajó.

En cartas enviadas desde Chuquisaca, el 20 y el 27 de septiembre de 1826, Sucre le advertía a Aguirre que el “Libertador” le diría qué hacer en relación con Mariana.  Y en noviembre de ese año le explicaba que “Mi anhelo de irme a vivir a Quito como un ciudadano privado a su casa, la casa en Chillo o en Chisinche”. “Mis deseos creo que se realizarán a fin del año 28”, pronosticaba.  Así ocurrió.

El último deseo del mariscal Sucre fue vivir en Quito

En 1828, finalmente, se concretó el enlace. Pero el matrimonio se realizó de la forma más curiosa, a través de su apoderado, el general Vicente Aguirre, amigo y representante del mariscal en Quito. Por esos días, Sucresofocaba una sublev

ación que casi le cuesta la vida, relata la historiadora Doménica Sotomayor. El correo era tan inseguro que Sucre envió dos poderes para que Aguirre pudiera casarse, en su representación, con Mariana.

Aguirre recibió instrucciones y el dinero para comprar ese año la casa que había pertenecido a la familia de Mariana, en el centro de Quito. Se pagaron 28 mil pesos y fue registrada a nombre de ella.

El Mariscal arribó cinco meses después a Quito. La pareja tuvo una convivencia breve, algo más de un año, entre septiembre de 1828 y noviembre de 1829.

En julio de 1829 nació la única hija de la pareja, Teresita Sucre Carcelén, quien murió antes de alcanzar los tres años de edad. Cuando la niña cumplió cuatro meses de nacida, el mariscal redactó su testamento, en él hace constar la edad de su hija. En su última voluntad describía sus bienes, que incluían una hacienda en Lima, tierras en Ecuador y dinero en Bolivia. Pocos días después de redactar el testamento se dirigió para Colombia, a cumplir la misión que le había encargado Bolívar. Desde Colombia le escribió a un hermano suyo sus temores de morir en medio de la turbulencia de esos tiempos. Su miedo se cumplió. No regresó a Quito.

Muerto su esposo, Mariana recuperó y escondió los restos. Desafió a los asesinos y a todos quienes buscaban profanar la tumba, para exhibirla como un trofeo político.Guardó el secreto de esa última morada. Y murió 30 años después, sin revelar dónde estaba enterrado el mariscal en Quito.

Las cartas misteriosas que aparecieron en un frasco

La casa azul que Sucre compró a nombre de Marianacostó cerca de 30 mil pesos estuvo en manos de su familia hasta fines del siglo XIX. Ella se casó un año después de quedar viuda, con el militar colombiano Isidoro Barriga. Su único hijo dispuso hacer notables cambios en el inmueble, especialmente en los tramos de fachada, según la memoria de la rehabilitación de la casa, que fue intervenida en la década del 70 del siglo anterior.

El responsable de los trabajos, el arquitecto e historiador Andrés Peñaherrera, dejó un relato detallado de la obra que completó, con el apoyo de las Fuerzas Armadas.

Mariana Carcelén retratada en una pintura de la época en Quito.

La Honorable Junta de Defensa del Ecuador compró en 1970 la casa con muebles y cuadros en 3 millones de sucres, el equivalente a unos 200 mil dólares. La última dueña de la casa, Carmela Barba de Gómez de la Torre, aceptó venderla con la única condición de que fuera restaurada, para preservar su valor histórico.

Cuando se realizaba el levantamiento de información sobre la edificación, ocurrió algo sorprendente. En una vivienda no muy distante se realizaba el inventario de una sucesión. Apareció un frasco bien cerrado en una alacena escondida. La casa que estaba siendo demolida había pertenecido al general Vicente Aguirre.

El frasco contenía un paquete de cartas, escritas por Sucre en el último tramo de su viaje final hacia Quito. Daba instrucciones concretas a Aguirre para realizar trabajos en la casa. Desde Popayán, el 12 de diciembre de 1829 pidió colocar dos argollas fuertes para colocar una hamaca.

En Bogotá, el 7 de enero de 1830 escribió para pedir que se abriera en el techo una claraboya en el cuarto 11.

Desde Cúcuta, el 5 de mayo de 1830, pedía poner el jardín en el patio principal y algunas variaciones en el comedor grande. También varió el oratorio. “Me propongo que todo quede bello, elegante y aun singular”.

En esta última carta, Sucre pedía ser recibido en Quito con humitas “para ir a almorzar a orillas del Machángara”. Su deseo no se cumplió: el 4 de junio fue asesinado en la frontera sur de Colombia.

Andrés Peñaherrera, entrevistado por este proyecto,explica la trascendencia de esa obra arquitectónica. La casa azul, o casa de Sucre, es hasta ahora un museo abierto al público, administrado por el ministerio de Defensa Nacional. Muchos de los pasajes de la vida de la familia Sucre Carcelén se encuentran recreados en este edificio, ubicado en el centro de Quito.

A partir de las últimas cartas de Sucre se definieron algunos de los trabajos de rehabilitación. De este modo, se cumplió, aunque con retraso, la voluntad del mariscal en la adecuación de su vivienda.

“Solo quiero vivir contigo en el retiro y en el sosiego. No habrá nada que me retraiga de este propósito. Me alegraré si puedo, con esto, darte pruebas incontestables de que mi corazón está enteramente consagrado a ti, y de que busques todos los medios para complacerme y corresponderme…”.

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