Secretos y encrucijadas después de la Batalla de Pichincha salen a la luz: Las facetas ocultas del mariscal Sucre y su esposa quiteña, la Marquesa de Solanda

En la última misión política que cumplió el mariscal Antonio José de Sucre, en Colombia, en 1830, definió su postura. Los caudillos debían dar un paso al costado, no aferrarse al poder. Días después lo asesinaron. Entrevistamos al tataranieto del hermano de Sucre y a uno de sus biógrafos. 

Por Arturo Torres Ramírez
Alianza Código Vidrio – Revista Vistazo

Venció combates cruciales para lograr la libertad de los pueblos de América. Pero no cumplió su sueño de vivir en el abrigo de la vida familiar con los seres que amaba en Quito. Antonio José de Sucre, el mariscal de Ayacucho y vencedor de la Batalla de Pichincha el 24 de Mayo de 1822, perdió la guerra final, contra la traición y el odio. Esta alianza revela facetas inéditas del personaje, a partir de entrevistas a descendientes y biógrafos. Esta es la primera de cuatro entregas https://www.codigovidrio.com/code/la-historia-oculta-de-la-vida-y-muerte-del-mariscal-antonio-jose-de-sucre-y-su-esposa-mariana-carcelen-la-marquesa-de-solanda/.

Aunque el mariscal Sucre pasó a la historia por sellar la independencia definitiva del continente americano de España, liderando la victoria decisiva en las batallas de Pichincha (24 de Mayo de 1822) y Ayacucho, (Perú-1824), su legado trasciende el del genio y estratega militar.

Las facetas poco conocidas de Sucre le dan otra dimensión al mito del héroe castrense. Una vertiente más terrenal, que muestra a un personaje que crece en medio de la adversidad, el dolor y la pena, la soledad y las traiciones, para afirmarse como un individuo profundamente humanista, entregado a las causas del bien común. Abatido en su juventud por una temprana tragedia familiar, o viviendo en una continua encrucijada, que lo perseguía como una sombra.

Esa disyuntiva estuvo marcada, por un lado, por el cumplimiento de las consecutivas misiones que le encomendaba el libertador Simón Bolívar, como su jefe de estado mayor, para consolidar la emancipación de la corona española, y tratar de salvar su sueño de la unidad de las nacientes repúblicas de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela, en un solo bloque de la Gran Colombia. Y, por otro, de distanciarse del proyecto de Bolívar, que había tomado un rumbo claramente político, con un tinte más bien oligárquico y caudillista, con el cual Sucre no comulgaba completamente, según destaca su familiar Jorge Sucre Castillo, de 81 años, tataranieto del hermano del mariscal a quien entrevistamos, junto con uno uno de sus biógrafos, José Félix Díaz. Estaba agobiado por el sucio y descarnado juego político, que desató intrigas y ataques contra Bolívar y quienes como él aún creían en un solo bloque de naciones.

Mariana Carcelén, la Marquesa de Solanda, esposa de Sucre.

Eso se evidenció en las intervenciones y correspondencia que el mariscal venezolano mantuvo con varias personas, especialmente después de triunfar en Perú. Harto de las disputas por el poder, lo que anhelaba, en lo que serían sus últimos años de vida, era dejar los cargos públicos para concretar sus deseos postergados por años: residir en Quito, para estar  junto con su familia: su esposa Mariana Carcelén, la marquesa de Solanda, y su tierna hija, Teresita. También quería dedicarse a “ser un labrador”, en el campo, según escribió en varias cartas dirigidas a su círculo de confianza, incluido Bolívar.

Este dilema es uno de los focos en este reportaje, tras la revisión de fuentes primarias, de abundantes cartas (algunas poco conocidas), de decenas de biografías, textos de historiadores, testimonios y entrevistas a estudiosos del mariscal en Ecuador, Colombia, Venezuela y Argentina.

Un adolescente arrastrado a la guerra

La vida de Sucre tuvo un giro dramático en su adolescencia. Entonces estalló la guerra contra la corona española, en la primera década del siglo XIX, a la que entró, arrastrado por las circunstancias.

Tenía 15 años. Estudiaba matemáticas en Caracas, donde pronto se graduó de ingeniero, lejos de su ciudad natal, Cumaná, en la costa caribeña. De hecho, cuando entró al Ejército escogió el arma de ingeniería.

Jorge Sucre Castillo, de 81 años, tataranieto del hermano del mariscal, José Jerónimo, estuvo en Quito con su esposa, Nuria Gómez, en 1990, para visitar la tumba del Mariscal. Foto cortesía familia Sucre
En Ecuador Jorge Sucre fue recibido, junto con sus familiares y amigos por los entonces presidentes en funciones Carlos Julio Arosemena, en 1963, y por Sixto Durán Ballén, en 1994 (foto). Cortesía

Este antecedente es destacado por Sucre Castillo, tataranieto del hermano del mariscal, José Jerónimo Sucre. En entrevista con esta alianza desde Caracas, donde ha ejercido como abogado y también político demócrata cristiano, el familiar del libertador relata que solo dos de los nueve hermanos de Sucre sobrevivieron a las batallas por la independencia, donde también participó su padre, el teniente coronel Vicente de Sucre y Urbaneja, parte de una familia noble. Sus antepasados llegaron a América desde Francia, desde poblado Preux-au-Bois de donde son originarios.

Tres hermanas de Sucre murieron huyendo de la persecución de los españoles, al igual que sus tres hermanos, fusilados por las tropas ibéricas. Fue un golpe devastador para Antonio José, cuenta su pariente, quien ha estado en Ecuador tres veces, entre 1963 y 1995, siguiendo la huella que dejó su antepasado. Aquí Jorge Sucre fue recibido, junto con sus familiares y amigos por los entonces presidentes en funciones Carlos Julio Arosemena, en 1963, y por Sixto Durán Ballén, en 1994.

Magnánimo con sus enemigos

Aunque perdió a la mayoría de su familia en las luchas independentistas, Sucre no buscó venganza. “Siempre fue magnánimo con sus enemigos”, según el historiador venezolano Díaz, quien también escribió el texto “La doctrina de Sucre”.

“Sucre fue un personaje adelantado a su tiempo, un estadista y filósofo; humanista, inclaudicable defensor de las libertades y de la dignidad que se les debe dar a los vencidos”, destacó Díaz entrevistado por esta alianza. “Por el contrario, los trató con respeto y los liberó para que pudieran volver a sus hogares. Entregado a la causa libertaria y a la pacificación de los pueblos, pregonó siempre el perdón”.

Sucre es considerado uno de los pioneros del derecho internacional humanitario, cuyas bases fue sentando en los armisticios y tratados de paz y rendición, que redactaba con el aval de Bolívar, después de las innumerables batallas que condujo, coincidieron Díaz y Jorge Sucre.

A la revelación de un busto de Sucre en el pueblo de Francia de donde fueron sus primeros antepasados, acudieron 15 de sus familiares, en 1993. Foto cortesía Jorge Sucre

Ésta y otras cualidades del mariscal de Ayacucho también fueron destacadas por Simón Bolívar en la única biografía que escribió, publicada en 1825. “Para el general Sucre todo sacrificio por la humanidad y por la patria parece glorioso. Ninguna atención bondadosa es indigna de su corazón: él es el general del soldado (…). Este tratado (de Boyacá) es digno del alma del general Sucre: la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron, él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra”.
Aquí también cobra otro matiz el mito. Sale a la luz el del militar sagaz, del estratega persuasivo que buscaba evitar, en lo posible, los conflictos armados, por sus altos costos en vidas humanas y cuantiosos recursos, destaca Díaz.

Sucre aprendió de su padre sobre estrategia militar. Aplicó en más de una ocasión uno de los principios del legendario general y filósofo de la China antigua, Sun Tzu, autor del El Arte de la Guerra”, el tratado de estrategia más influyente de la historia. “Conseguir cien victorias en cien batallas no es lo más importante. Rendir al enemigo sin combatir es el sumun de la habilidad”, reza una de las definiciones.

Por esas características únicas, Bolívar confiaba ciegamente en él, como su brazo derecho y seguro relevo al frente del proyecto libertario que impulsó con éxito en Venezuela, Nueva Granada y Quito. Mientras tanto, el otro gran libertador, el argentino San Martín, lideraba la campaña emancipadora en el cono sur, en las Provincias Unidas del Río de la Plata (posteriormente Uruguay y Argentina), Chile y el Alto Perú. Así, Bolívar y San Martín confluyeron simultáneamente para lograr la liberación de las colonias hispanoamericanas, completando el tridente de los grandes libertadores republicanos del Nuevo Mundo, con George Washington como pionero, al liderar la revolución en Norteamérica de Gran Bretaña, entre 1775-1783. Washington se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos, sentando las bases de la primera democracia moderna planetaria. Esta conjunción de acontecimientos sin precedentes está documentada por el historiador argentino Bartolomé Mitre en su libro “Historia de San Martín y la Emancipación Sudamericana”.  

Un general con formación científica selló la revolución

Hacia 1821 Bolívar y San Martín convergían simultáneamente por el norte y el sur con sus ejércitos como una lanza y una espada, sobre las fuerzas realistas que se desangraban, pero aún se mantenían imbatibles en Quito, Guayaquil y parte del Perú.

Entonces llegó el momento del general Sucre, a quien Bolívar le confió esa misión. El venezolano tenía 26 años.

En 1825 el libertador Simón Bolívar publicó la biografía de Sucre, quien era su jefe de estado mayor.
Sucre fue el único subalterno al que Bolívar le escribió una biografía. El mariscal de Ayacucho nación en Cumaná.

“Sucre es la cabeza mejor organizada de toda Colombia; es metódico y capaz de las más elevadas concepciones, es el mejor general de la república y el primer hombre de Estado. Sus principios son excelentes y fijos y su moralidad ejemplar. Tiene el alma grande y fuerte. Es el valiente de los valientes, el leal de los leales, el amigo de las leyes y no del despotismo”, escribió Bolívar.

San Martín, que no lo conoció personalmente, recordándolo en su ostracismo, cuando se autoexilió en Europa, tras el fin de la guerra, destacó sobre el mariscal: “Bravo y activo en alto grado, reunía a estas cualidades una prudencia consumada y era un excelente administrador. Las tropas bajo su mando observaban una disciplina severa, lo que contribuía a hacerlo amar de los pueblos. No solo poseía mucha instrucción, sino también conocimientos militares más extensos que los del general Bolívar”.

La fugaz estadía en Quito

Tras culminar con éxito el encargo de concluir la campaña del sur,  el joven general finalmente liberó a Perú y Ecuador. Las victorias determinantes en las batallas de Pichincha y Ayacucho lo mostraron en toda su dimensión.

Tras vencer a las tropas realistas a las faldas del Pichincha, Bolívar nombró a Sucre intendente del departamento de Quito, cargo que ocupó pocos meses, entre junio del 1822 e inicios de 1823. Al referirse a la conexión que Sucre tuvo con los quiteños en esa breve estadía, Bolívar escribió: “Aquellos pueblos veían en él su Libertador, su amigo; se mostraron más satisfechos del jefe que les era destinado, que de la libertad misma que recibían de sus manos”.

El afecto que recibió el mariscal del pueblo ecuatoriano no tiene parangón, destaca Jorge Sucre. “No existe un solo historiador ni investigador que no concuerde en que él se ganó el corazón del Ecuador, por su nobleza, integridad y entrega completa a la causa de su liberación. Cuando estuvimos en Ecuador con mi familia sentimos el mismo aprecio que debió haber experimentado José Antonio”.

El sombrero de cuero que usaba sucre cuando fue asesinado y su montura están expuestos en la Pontificia Universidad Católica, en Quito. Foto Código Vidrio

“Señores, sin ser ecuatoriano de nacimiento, fue un don de Dios al Ecuador. Dios le vinculó a nuestra patria por la gloria y por el amor. Sucre es ecuatoriano porque en el Ecuador nació a la inmortalidad”, escribió el padre jesuita Aurelio Espinosa Pólit, historiador e investigador.

En medio de los festejos que los quiteños vivían por la emancipación, Sucre conoció a Mariana Carcelén. Ese fue el inicio de una relación que maduró en la distancia, marcado por la añoranza y la soledad.

Tras seis meses de residir en la capital del nuevo estado, el mariscal fue enviado nuevamente por Bolívar, empecinado en plasmar su sueño de la Gran Colombia, a dirigir sucesivas campañas para sofocar sublevaciones y levantamientos de focos subversivos en Colombia y Perú. Estuvo lejos de Quito varios años, pero en este largo período mantuvo correspondencia con Mariana y con su amigo, el general Vicente Aguirre.

“Si mis amigos de Quito desean que yo vaya al pueblo querido de mi corazón, mis amigos son infinitamente más. Crea Ud. que todas mis ansias después de acabada la campaña del Perú es ir a Quito, descansar unos días para dar un salto a Cumaná a ver mi familia y arreglar sus intereses y sus asuntos que han sufrido algún trastorno, después de la muerte de mi padre y volverme a establecer para siempre en Quito», escribió Sucre a Aguirre en 1825, con quien también compartía su deseo de comprar una casa, a pocas cuadras del Palacio de Carondelet.

Cansado de la política

Esos años fueron complejos y muy duros para Sucre, pues debió lidiar luego con los celos, las componendas, el desprecio y calumnias de sus enemigos.

”Limito mi deseo a que Quito sea más feliz que yo”, le escribió en 1826 a Aguirre, a quien también le contó sus deseos de dedicarse a ser un labrador en los campos de este país. En varias misivas dirigidas a Bolívar, Sucre insistía en que quería regresar a a Quito. En abril de 1828 se casó con Mariana por poder, que le entregó al general Aguirre. Volvió a ver a la marquesa de Solanda cinco meses después de regresar de Bolivia, donde fue presidente durante un año. En julio del 1829 nació su hija Teresa, en la casa que había comprado y remodelado a su gusto. Meses más tarde acudió como diputado por Ecuador al Congreso Constituyente de Bogotá, en el que Bolívar renunció a la Presidencia.

Estatua de Sucre en la plaza de Santo Domingo. a pocas cuadras de ahí está la casa restaurada del Mariscal que es un museo mantenido por las Fuerzas Armadas. Fotos Código Vidrio

El mariscal de Ayacucho asistió también como comisionado a las conferencias del Congreso en Bogotá y luego, en el Rosario de Cúcuta, al Congreso Extraordinario, con los diputados de Venezuela para intentar mantener, infructuosamente, la alianza federal en Colombia.

Como presidente del legislativo, Sucre aprovechó el encuentro para dar a conocer por última vez su visión política, distante de los caudillos que se frotaban las manos para mantener el poder a cualquier precio. “Para regir los destinos de la patria, se necesitan hombres nuevos, y que los que hayan sido generales en jefe, presidentes, vicepresidentes, consejeros de Estado y jefes Superiores, en cualquiera de los Estados de la nueva federación, quedarán excluidos de mando durante un largo período”.

Ese fue -según Díaz- uno de los  momentos culminantes de Sucre. “Ahí mostró su profunda convicción democrática y desprendimiento de cualquier privilegio, la grandeza del gran militar devenido en estadista”. Y esa posición desprendida, para dar paso a nuevos cuadros, también desató la ira de otros diputados y políticos, que lo veían como una amenaza a sus intereses, agrega Jorge Sucre, quien estima que desde entonces el plan para asesinarlo se puso en marcha.

«Te escribí el día 1 por el correo; y repito ahora por un extraordinario para saludarte, para decirte que te pienso cada vez con más ternura; para asegurarte que desespero por ir junto a ti; para pedirte que por recompensa de mis delirios, de mi adoración por ti, me quieras mucho, me pienses mucho. Por el correo que vino ayer de Bogotá me dicen que se insiste en que yo tome la Presidencia o Vicepresidencia. No sé que haya de exacto; pero si te repetiré que no aceptaré nada, sean cuales fueren las cosas. Todo,  todo lo pospondré a dos objetos: primero el complacerte; y segundo a mi repugnancia a la vida pública. Sólo quiero vivir contigo en el retiro y en el sosiego. No habrá nada que me retraiga de este propósito. Me alegraré si puedo con esto darte pruebas incontestables de que mi corazón está enteramente consagrado a ti, y de que soy digno de que busques todos los medios de complacerme y de corresponderme».

Ésta es la última carta que el mariscal Sucre le escribió a Mariana. Los siguientes días abandonó Cúcuta y emprendió el viaje de regreso a Quito, acompañado de un pequeño séquito de seis acompañantes, aunque le habían alertado que su vida corría peligro en la ruta que había escogido para volver.

Ansioso por cumplir su sueño de reencontrase con Mariana y su hija, minimizó las advertencias, que se cumplieron el 4 de junio, en un estrecho y oscuro paraje selvático, cubierto por una densa vegetación, denominado Angostura, en la selva de Berruecos. Antonio José de Sucre recibió cinco disparos, uno en la sien derecha. Tenía 35 años.

La noticia del asesinato conmocionó a su esposa y su familia, a los ecuatorianos. A los pueblos que liberó. Bolívar se enteró del crimen mientras agonizaba por la tuberculosis pulmonar en una finca de Santa Marta. Murió seis meses después, en diciembre de 1830, a los 47 años. Estaba atormentado por un luto que se llevó a la tumba: las muertes simultáneas de Sucre y la Gran Colombia.

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