Los criminales rezan, buscan protección divina para lavar sus pecados, llenar sus carencias y exclusión social

Los criminales rezan, hacen rituales. Piden protección y buscan redención como cualquier persona. Estas prácticas religiosas son mucho visibles en contextos como el ecuatoriano, marcados primero por la carencia y luego por la inseguridad, el miedo y la violencia. En estas condiciones lo que estos niños, jóvenes y adultos atratapados en las redes de las bandas buscan es cobijo, una ilusión o una promesa de seguridad. Una familia que los acoja, un mito, un redentor en quien creer para seguirlo como ejemplo, o como la promesa de una salvación, más allá de la vida. Ese terreno poco explorado de la religiosidad en el mundo criminal es recorrido, a partir de una aguda y osada  búsqueda de hechos con diversas fuentes, en el terreno donde ocurren esos fenómenos sincrético-culturales, en el último libro del investigador chileno Pablo Zeballos “Cuando el crimen reza”, publicado por la editorial Catalonia. Aquí una síntesis de la obra. 

Redacción Código Vidrio

Cuando el Crimen Reza es el último libro de Pablo Zeballos, investigador y analista chileno de fenómenos criminales en contextos locales, regionales y globales. En este texto, la religiosidad de los criminales y sus bandas es el eje central, el hilo conductor de una narración fluida y sólida, documentada ampliamente sobre un fenómeno que está cambiando aceleradamente nuestras sociedades en dimensiones no solo delictivas, sino culturales, políticas, económicas…

Porque los criminales rezan. Creen. Hacen rituales. Piden protección y buscan redención. En contextos marcados, primero por la carencia y luego por la inseguridad, el miedo y la violencia, lo que estos adolescentes, jóvenes y adultos -que integran las bandas- buscan es cobijo, una ilusión o una promesa de seguridad, explicó la escritora y académica Ainhoa Vasquez en la presentación de la obra.

La extrema religiosidad de quienes delinquen también está cada vez más presente en Ecuador y en otros países del la región. En operaciones antidelictivas el hallazgo de objetos religiosos es frecuente. Destaca el de la santa muerte, venerada por los integrantes de grupos criminales, que también practican rituales no solo de influencia cristiana sino de santería africana. José Adolfo Macías, conocido como Fito, líder de Los Choneros, la megabanda más poderosa y antigua del país, era un devoto de Judas Tadeo, el santo de las causas perdidas. Fito fue capturado el año pasado en una vivienda donde tenía altares religiosos y varias imágenes de Judas Tadeo. Hoy está preso en Estados Unidos a donde fue extraditado.

En ese narcopanteón ecléctico (fusión de creencias religiosas), los fieles de las bandas, devenidas en sectas paganas, pueden pedir tanto que el próximo delito resulte exitoso como simplemente seguir con vida un día más; o, en caso de morir, alcanzar alguna forma de salvación, destaca Vázquez. “Cada santo, cada virgen, cada figura tiene una función específica. Mientras unas protegen y cuidan, otras redimen. Y cuando rezar no basta, hay que ofrendar: alimentos, bebidas, animales… y, otras veces, vidas humanas”.

La devoción, sin embargo, no produce solo efectos concretos, según evidencia Zeballos. La fe también construye identidad, cohesiona, otorga amparo simbólico. Por eso, en muchos casos, los líderes narcos son también guías espirituales: figuras que congregan, que ordenan, que dan sentido a la misión. La hermandad se vuelve familia. Así, el investigador, exoficial de Carabineros de Chile, desmonta uno de los grandes errores analíticos que se han cometido desde la academia: creer que quienes ingresan al mundo del narcotráfico lo hacen únicamente por ambición material. Lo que buscan, ante todo, es identidad y protección. Entregarse al narcomundo, y como en este caso, amparados por la religión, es entregarse a algo más grande que uno mismo, es encontrar un refugio frente a la orfandad simbólica, frente al vacío de sentido que deja la exclusión sistemática.

Este libro demuestra que la religión, en estos contextos, nunca es inocente. ingenua. No lo es en el narcotráfico, pero tampoco lo es en otros espacios de violencia: en las redes de pedofilia que operan en la virtualidad, en los autoritarismos políticos, en las guerras. La religiosidad controla, cohesiona, legitima. Funciona como herramienta de dominación territorial, pero también como lenguaje común que hermana. Por eso, narcos, víctimas y vecinos pueden encontrarse en una misma oración. En un mismo rezo conviven quienes piden por la vida de un secuestrado y quienes ruegan que el secuestro se concrete con el pago acordado y sin violencia. La fe desarma la dicotomía simplista entre buenos y malos: todos pueden sentirse acogidos, protegidos, escuchados, observa Vásquez.

“No es que la religiosidad conduzca al crimen, pero sí suele entrelazarse con él. Los narcos buscan protección divina y legitimidad mística, por eso ritualizan públicamente su fe. En muchos territorios se produce una interdependencia simbólica entre iglesia y narcotráfico: la iglesia ofrece oraciones, acompañamiento espiritual, espacios de reunión; el narcotráfico aporta recursos, seguridad, presencia. En este entramado, el narco puede ser simultáneamente pecador y redimido. Esa es su coartada, que es la misma que tienen, como un bondadoso autoengaño, la mayoría de creyentes. Cualquier pecado es perdonado si llega el arrepentimiento con la confesión rezada o confesada ante el sacerdote, el mediador, muchas veces juez y parte a la vez.  

“Por todo esto, comprender la religiosidad en el crimen organizado no es un lujo teórico, sino una necesidad urgente. Si realmente se quiere disputar ese espacio simbólico, primero hay que entenderlo. No vanalizarlo, no minimizarlo”.

Sobre el método, según describe Zeballos, este es un trabajo lento, minucioso, para el que la mayoría de los estados no tiene paciencia ni voluntad política, porque prefieren resultados rápidos: cifras, decomisos, estadísticas.

José Adolfo Macías, conocido como Fito, líder de Los Choneros, la megabanda más poderosa y antigua del país, era un devoto de Judas Tadeo, el santo de las causas perdidas. Tenía un altar en la casa donde fue detenido el año pasado.

Pero hay algo aún más profundo y en lo que pocas veces se repara: esta es también una guerra de narrativas. El narco tiene un relato potente, coherente, que promete lo que el Estado no ha sabido o no ha querido ofrecer: dinero, pertenencia, protección, estatus, sentido. Combatir el crimen no es solo una cuestión de fuerza, sino de desmontar un sistema de creencias que da identidad y propósito a quienes nunca los tuvieron.

 

Así, la académica y escritora destaca tres puntos fundamentales del libro:

-La importancia del conocimiento de primera fuente. No se puede intervenir lo que no se comprende. Zeballos nos da una lección de trabajo de campo humano y comprometido que nos recuerda que entender un territorio implica estar en él.

-La necesidad de investigar desde la sensibilidad. Trabajamos con personas, no con abstracciones. Abandonar la dicotomía de buenos y malos no significa justificar, sino comprender. Preguntarnos qué opciones reales ha tenido quien delinque y reza al mismo tiempo. El crimen, muchas veces, no es una elección libre, sino una reacción al abandono, pues llega antes y con más claridad que cualquier política pública.

-La religiosidad criminal es un campo simbólico que exige ser interpretado. Es una dimensión narrativa, lingüística, poética, que no nos entrega respuestas cerradas, sino preguntas incómodas y necesarias. Zeballos se atreve a formularlas desde una humanidad profunda, hablando en el mismo código simbólico que analiza. En este mismo sentido, resuena profundamente una de sus conclusiones: “Urge reconstruir los lazos familiares y comunitarios que den a nuestros niños la contención y oportunidad que merecen, para que nunca más un menor empuñe un arma convencido de que matar es su destino”.

Porque cuando el Estado se retira, cuando la familia se fragmenta y la comunidad deja de contener -reflexiona Vásquez- la religión aparece como uno de los pocos lenguajes disponibles para nombrar el dolor, el miedo y la esperanza. “Para muchos niños y niñas que crecen en territorios capturados por el crimen, la fe no es un dogma sino un refugio simbólico: una promesa de cuidado, de sentido, de destino. Y el problema no es la creencia en sí, sino que ese anhelo legítimo de protección y pertenencia sea capturado por estructuras criminales que ofrecen respuestas rápidas donde solo hay abandono.

La guerra contra el narcotráfico no se ganará con más violencia, sino devolviendo a esas niñeces precarizadas la fe en un futuro distinto, en la posibilidad real de una vida digna. Comprender esta relación entre niñez, precariedad y religiosidad no es solo un ejercicio analítico, sino una urgencia ética. Esta es una de las premisas e invitaciones que nos hace Pablo: tenemos que ser capaces de ofrecer a esas niñeces un horizonte de sentido distinto, una comunidad que cuide… esa es la única forma en que prime la fe en la vida antes que en la muerte”.

Hace pocas semanas la Policía encontró en un operativo en una vivienda en Quito donde fueron detenidos miembros de una banda figuras de la santa muerte.