La ejecución de Nemesio Rubén Oseguera,“El Mencho”, el capo más poderoso de la cocaína en México, líder del cartel Jalisco Nueva Generación, continuará moldeando el nuevo mapa del crimen organizado en la región. Y tendrá repercusiones en Ecuador, donde opera con las bandas Los Lobos, Tiguerones y Chone Killers, entre otros grupos delictivos locales. Su asesinato ayer domingo representa una importante demostración de fuerza por parte del ejército del país, mientras el presidente Donald Trump continúa presionando a México para que tome más medidas para combatir a sus organizaciones de narcotráfico.
Por Pablo Zeballos y Douglas Farah, con redacción Código Vidrio
Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, «El Mencho», líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CNG), fue abatido ayer domingo 22 de febrero durante un operativo de la Secretaría de la Defensa Nacional en Tapalpa, municipio de Jalisco. Esta es, en lo que va del siglo XXI, la noticia más significativa en materia de crimen organizado en el continente americano. Mayor incluso que la captura de El Chapo. El CJNG, bajo su liderazgo, había alcanzado una escala de poder, diversificación y violencia que ninguna otra organización criminal del hemisferio había logrado consolidar en tan poco tiempo, según explica el experto en crimen organizado Pablo Zeballos.
La caída de “El Mencho”continuará moldeando el nuevo mapa del crimen organizado en la región. Y tendrá repercusiones en Ecuador, donde opera con las bandas Los Lobos, Tiguerones y Chone Killers, entre otros grupos delictivos locales.
El asesinato de Nemesio Oseguera representa una importante demostración de fuerza por parte del ejército del país mientras el presidente Donald Trump continúa presionando al vecino del sur de Estados Unidos para que tome más medidas para combatir a sus organizaciones de narcotráfico. El asesinato del líder del cártel desencadenó una ola de violencia en las zonas controladas por el cártel, con informes de autos incendiados bloqueando carreteras. En Guadalajara, capital del estado occidental de Jalisco y una de las ciudades sede de la próxima Copa Mundial, se cerraron negocios, se podían escuchar sirenas y helicópteros en el centro de la ciudad, y se advirtió a los residentes que permanecieran en sus casas. Durante varias horas se registraron narcobloqueos con vehículos incendiados en Jalisco y en otros estados como Michoacán, Colima, Tamaulipas, Guanajuato y Aguascalientes. Esta respuesta es coherente con la doctrina operativa del CJNG: demostrar capacidad de respuesta territorial y enviar señales de cohesión interna incluso en los peores momentos. Pero no engaña a los analistas. Los bloqueos son el último recurso de una organización que ha perdido a su figura de autoridad máxima, no una demostración de fortaleza.

Esta operación no ocurre en el vacío. Ocurre semanas después de que Estados Unidos ejecutara una controvertida pero exitosa operación en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro y cilla Flores. En ese marco, Washington advirtió a las autoridades mexicanas que los líderes del narcotráfico estaban en la mira. El operativo fue coordinado entre fuerzas federales mexicanas y el Joint Interagency Task Force-Counter Cartel, que ha trabajado con el ejército mexicano a través del Comando Norte de EE.UU. El mensaje es claro: México respondió antes de que Washington actuara por cuenta propia en su territorio, coinciden en este análisis Zeballos y el especialista en investigación criminal organizada Douglas Farah.
Los coletazos en Ecuador
Jalisco Nueva Generación (JNG) empezó a tejer rutas para la salida de cocaína desde Colombia por Ecuador en 2014, tras la detención y posterior extradición a Estados Unidos del Chapo Guzmán, entonces capo del cartel de Sinaloa. Aprovechando el vacío de poder por la captura del Chapo, JNG cuajó alianzas con bandas locales para su logística y transporte de coca a Centroamérica y Estados Unidos. Eso implicó el inicio de una guerra por el control de rutas y territorios, de redes, con el cartel de Sinaloa, cuyo brazo operativo son Los Choneros y otros grupos criminales.

Los Lobos son identificados como el principal brazo operativo y aliado del CJNG en el país. También se han reportado vínculos con grupos como Los Tiguerones y Chone Killers, quienes se unieron originalmente bajo la coalición de «Nueva Generación» para disputar el control de los territorios a Los Choneros, cuyo cabecilla José Macías, alias Fito, está preso y enjuiciado en Estados Unidos. Este mismo camino seguirá Wilmer Chavarría, “Pipo”, líder de Los Lobos, quien fue detenido en España y espera su extradición también a EE.UU. Estos dos acontecimientos han significado el inicio de una nueva fragmentación criminal y una disputa cruenta para reemplazarlos entre algunos de sus subalternos. Esta, según oficiales de Inteligencia de la Policía y el Ejército, sería una de las causas de los asesinatos múltiples ocurridos este último año en Manabí, Guayas y El Oro.
Una familia criminal desmontada pieza por pieza
La muerte del Mencho se suma a un proceso sistemático de desarticulación familiar y orgánica. En 2025, un tribunal federal sentenció a su hijo Rubén Oseguera González conocido obviamente como El Menchito a cadena perpetua y a pagar una multa millonaria; durante ese juicio, antiguos aliados testificaron sobre el alcance político del cártel, incluyendo millones de dólares entregados a campañas electorales estatales. Su hija Jessica se declaró culpable de operaciones financieras vinculadas al CJNG. Su esposa Rosalinda González fue condenada. La arquitectura familiar que sostenía la continuidad del liderazgo ha sido desmantelada sistemáticamente por la justicia estadounidense. El CJNG llega a este vacío de poder sin herederos claros dentro del núcleo duro.
El CJNG no es una estructura monolítica sino una federación de grupos locales que juraban lealtad al Mencho. Sin su figura de autoridad, es altamente probable que ocurra una fractura interna por el control de las plazas, lo que dispararía la violencia en estados como Jalisco, Colima, Michoacán y Guanajuato. Y aquí está el verdadero riesgo: el CJNG controla economías ilícitas extraordinariamente rentables —fentanilo, metanfetamina, cocaína, extorsión, trata, contrabando, medicamentos falsificados, etc— con presencia en decenas de países. Ese portafolio criminal no desaparece con el líder; se convierte en un botín que atrae a grupos aliados y rivales por igual. El Cártel de Sinaloa, en proceso de recomposición tras sus propias crisis, intentará recuperar territorios perdidos. Células locales buscarán autonomía. Grupos menores verán la oportunidad de crecer en el vacío.
El Sapo: el sucesor en la mira
En junio de 2025, el Departamento de Justicia de Estados Unidos sancionó a tres altos miembros del cártel, identificados como posibles sucesores del Mencho. Entre ellos destaca Gonzalo Mendoza Gaytán, «El Sapo», identificado por la FGR como el posible relevo en el liderazgo del CJNG. El Departamento del Tesoro de EE.UU. lo describió en sus propias designaciones como un miembro de alto rango conocido por sus prolíficas estrategias de reclutamiento para aumentar los soldados rasos del CJNG. Su perfil revela algo importante: no es el sucesor carismático y vertical que fue el Mencho, sino un operador de expansión y recursos humanos. Eso dice mucho del tipo de organización que el CJNG podría convertirse: más horizontal, más fragmentada, potencialmente más difícil de perseguir pero también más vulnerable a disputas internas.
Seamos directos sobre lo que se avecina. Cada vez que cae un líder de esta magnitud, la narrativa oficial celebra el logro —y el logro es real— pero los análisis de largo plazo muestran un patrón consistente: los vacíos de poder en el crimen organizado no producen paz, producen guerras de sucesión. El Mencho fue probablemente el último de los líderes con un control vertical y absoluto, y su caída podría dar paso a una fragmentación en células más pequeñas pero más difíciles de combatir. Esa violencia no se librará en las salas de reuniones ni en los despachos gubernamentales. Se librará, como siempre, en los barrios periféricos de Guadalajara, en las comunidades rurales de Michoacán, en los municipios de Zacatecas y Guanajuato donde el Estado es una ausencia o, peor aún, una complicidad. Allí donde los grupos criminales ejercen control territorial, gobernanza extralegal, justicia propia y economía informal como única opción de sobrevivencia para muchas familias. Son esas comunidades las que pagan siempre el precio de los ajustes en la cima.
La caída del Mencho es, sin duda, un hito histórico. Pero la historia no termina aquí. En muchos sentidos, apenas comienza el siguiente capítulo, y es probable que sea el más turbulento.