“En Sicilia, con mascarilla, parecemos extraterrestres”

CRÓNICA. En las ciudades de la isla italiana sus habitantes no usan mascarilla, ni siquiera aplican el distanciamiento social para prevenir contagios de Covid-19. Reparten besos y abrazos a diestra y siniestra. La vida transcurre con una extraña y surrealista normalidad.

Por Santiago Andrade, especial para Código Vidrio

El 7 de marzo, cuando el gobierno de Lombardía (norte de Italia), la zona más infestada y golpeada por la pandemia, anunciaba la intención de cerrarse por completo, 835 personas huyeron hacia el sur.

Según el detalle que ha dado Swiss Teralytics, 166 salieron en tren, 414 decidieron volar y 257 viajaron en su propio auto. Esa noche la gente atemorizada provocó una estampida que la televisión local pasó en vivo desde la estación central de Milán. Cientos de personas cargando improvisadas maletas corrían por los pasillos y literalmente asaltaron el último convoy como si de eso dependiera su vida.

Esta imagen que muchos nunca olvidarán y que califican como un verdadero éxodo, es apenas un pálido reflejo de lo que fue verdaderamente el escape. Para entender la dimensión de lo que pasó hay que regresar a febrero, exactamente al 23 de febrero.

Ese nada convencional domingo, según la empresa suiza especializada en datos y estadísticas, partieron hacia el sur 9.149 personas, cuatro mil más del promedio normal. La mayoría se dirigió hacia Nápoles, Sicilia y Cerdeña, de donde la mayoría de los italianos que habitan en el norte son originarios.

La policía encargada de guardar el orden en Catania circula sin contratiempos por las calles de la ciudad.

Los siguientes días la huida mermó, pero siempre fue más de lo normal hasta el 28 de febrero, último fin de semana antes del cierre, que registró 1.640 personas provenientes las zonas de Lombardía, Piamonte, Véneto y Friuli. Estos datos aún tienen muchas áreas grises, los medios llegaron a mencionar que fueron muchos más de los diez mil estimados. Y es que el norte de Italia está lleno de migrantes sureños, muchos de ellos que recuerdan su natal sur con la añoranza de su verdadera patria. Zonas tan distintas que parecen dos países diferentes: uno rico y ordenado, el otro pobre y más improvisado. Lo curioso de este tiempo es que lo más duro de esta pandemia le tocó vivir al hermano rico del norte convertido para ese marzo fatídico en el tercer país más afectado, luego de China y Corea.

La gente así llegó al sur donde la vida es más relajada, donde todos se saludan con beso en la cara, donde pareciera que a nadie le importa lo que pasa en el mundo.

Lo extraño de todo esto: en el sur no hubo tantos contagios como en el norte. Y no es que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social sea una regla, simplemente esas diez mil personas que abandonaron la zona de infección no causaron lo que en teoría se temía y que el gobierno advirtió que sucedería. Simplemente no pasó lo esperado.

Sentirte en otro planeta

Nosotros, con mi pareja, veníamos de un largo viaje haciendo una pausa en Croacia. Llegamos a Catania, la segunda ciudad más poblada de Sicilia luego de Palermo, y una vez más esta isla nos sorprendió. Esta vez no fue su belleza o su historia.

Esta vez fue la increíble ausencia de cualquier norma de bioseguridad con la que la gente nos recibió. Antes de llegar a Sicilia pasamos por Croacia y ya estar ahí fue impresionante por la poca importancia que la gente daba a las medidas que el gobierno recomendaba sobre el uso de la mascarilla y la distancia social. Pero Catania fue como regresar al pasado o ir al futuro, al que todos esperamos donde la pandemia es historia. A la salida del aeropuerto decenas de personas esperaban a sus familiares agitando manos, hablando a gritos con esa grandilocuencia propia de acá, con ramos de flores y carteles.

En los bares y restaurantes de los poblados de Sicilia todo transcurre en absoluta normalidad.

Estos al ver a sus conocidos se lanzaron a sus brazos, se quitaron las mascarillas, se sacudieron del estrés de las normas del avión y todo cambió. Nada pasaba, nadie se cuidaba, la familia se abrazaba otra vez como si no hubiera una amenaza a su salud por actuar así. Los únicos con mascarillas, con los ojos bien abiertos por la impresión y guardando las distancias, éramos nosotros, los foráneos, los turistas. Como nunca nos sentimos casi extraterrestres.

El amigo que nos fue a buscar sonrió con cariño y al vernos casi espantados por ese comportamiento, fue a buscar su mascarilla. Solo pudo decirnos que así es Sicilia y que siempre será así. Por la ventana del auto mirábamos atónitos como nadie usaba mascarilla, ni en los espacios cerrados ni en el transporte urbano ni siquiera las personas que atienden en bares o restaurantes. Y como nuestro destino era un antiguo pueblito pequeño de 1.614 habitantes, enclavado en las montañas de la provincia de Messina al norte de la isla, atravesamos la ciudad y pasamos por otros pueblos costeros más turísticos, y pudimos constatar la misma situación.

Longi se llama nuestra provisional actual residencia. Y en Longi no hay casos ni de contagios ni de muertos. No hay mensajes de alerta por el Covid-19 ni noticias de contagios o muertos ni nada fuera de la clásica convivencia de toda la vida. El hospital de Capo d’Orlando, la comuna más grande del sector, nunca colapsó ni siquiera tuvo pacientes críticos. Los lugareños, muchos campesinos donde la población de ancianos es alta, se sienten como nunca en la tierra donde pasa lo de siempre

Como cada verano, el pueblo se apresta a vivir sus fiestas patronales, recibe a sus familiares que vienen del norte de Italia como buenos sureños y lo único que lamentan es que este año no vendrá el cantante de rap que esperaban. No porque el concierto acarree peligro para sus vidas, sino porque el organizador lo ha decidido así para no tener problemas con las autoridades que tienen que cumplir con disposiciones burocráticas que el Gobierno les exige.

Ese gobierno lejano que vive en el continente y que los ha olvidado por tantos años y que se acuerda de ellos solo para exigir el cumplimiento de normas que no se adecuan con su realidad. Eso piensan todos, esa es su verdad.

En el bar cuelga un escueto papel que habla de una distancia social que nadie cumple y tiene una botella de gel desinfectante en la entrada que nadie usa. Los camareros llevan la mascarilla en el codo o simplemente no la tienen y hasta los policías entran a tomar cualquier cosa ahí sin preocuparse por esas pequeñeces.

Los ancianos están como siempre jugando cartas, tomando vino o café en el parque. Los niños del pueblo se reúnen con los primos que han llegado del norte y en galladas recorren el pueblo haciendo ruido con sus juegos cuando el sol cae un poco en este intenso y caluroso verano. Los adolescentes, en cambio, son nocturnos y se pasan en trasnochadas fiestas hasta la madrugada, todos los días. Solo el intenso sol del mediodía hace que el pueblo sea realmente silencioso.

El virus, cosa de locos

Para los habitantes de este pueblo el virus es una cosa de locos. Los vecinos nos dicen que debe ser la genética cuando les contamos de lo difícil que está pasando nuestra familia en Sudamérica. No entienden, no tienen porqué. Algunos nos dicen que están tristes porque muchos de sus familiares se quedaron sin trabajo y regresaron al sur, pero casi todos contentos de que este año el turismo local los ha salvado de lo que pensaban iba a ser un desastre para este sector. El hotel y las casas que trabajan en la modalidad B&B, están reservados para todos los siguientes fines de semana hasta el fin del verano, así como las agro-haciendas turísticas muy de moda ahora.

Nuestro cronista invitado Santiago Andrade llegó a Italia hace varias semanas desde Croacia. Antes estuvo en Nueva York y California.

Escribo esta crónica mirando la calle principal que se adorna como cada domingo. El pueblo se ha levantado con el clásico repique de las campanas de la catedral medieval que tienen en el centro y los veo desfilar saliendo de misa. Luego, como de costumbre, se quedarán en el café de siempre o en el bar de siempre que nunca cierra, donde la vida pasa como siempre. Por la noche todos irán al parque a comer pizza, tomar vino y pasar en familia.

La tranquila vida del pueblo, donde todos se conocen, solo se agita cuando nos ven. Nosotros los foráneos, tratamos de pasear con disimulo, como si fuéramos en puntillas para no alterar su rutinaria convivencia, inamovible por años, pero la mascarilla nos delata y hace que nuestros pasos suenen como si tuviéramos zapatos de metal.

Deja un comentario