Podcast: En busca del genoma de especies en Galápagos

El Proyecto Código Genético Galápagos, una iniciativa del Galapagos Science Center –la estación científica de la Universidad San Francisco en las islas–, busca crear un gran registro de especies para su conservación, a través de muestras de ADN con métodos no invasivos. En este trabajo no participan solamente científicos; el proyecto involucrará a personas de la comunidad que han perdido su empleo por la pandemia. Este es el proyecto más grande de ciencia ciudadana en las islas hasta la fecha. Joaquín García, estudiante de periodismo de la USFQ, nos lo explica en este podcast.

Villavicencio entrena con su arco en casa

Joffre Villavicencio es un deportista parapléjico que practica tiro con arco. Recientemente, representó al país en la Copa América de la disciplina, obteniendo el cuarto lugar. En este podcast, Villavicencio y su entrenador, Yoaner Caballero, explican las dificultades de entrenar en casa durante la pandemia y cómo se han preparado para lograr la ansiada clasificación a los Juegos Paralímpicos de Tokio 2021. Por: Felipe Núñez.

“En Sicilia, con mascarilla, parecemos extraterrestres”

CRÓNICA. En las ciudades de la isla italiana sus habitantes no usan mascarilla, ni siquiera aplican el distanciamiento social para prevenir contagios de Covid-19. Reparten besos y abrazos a diestra y siniestra. La vida transcurre con una extraña y surrealista normalidad.

Por Santiago Andrade, especial para Código Vidrio

El 7 de marzo, cuando el gobierno de Lombardía (norte de Italia), la zona más infestada y golpeada por la pandemia, anunciaba la intención de cerrarse por completo, 835 personas huyeron hacia el sur.

Según el detalle que ha dado Swiss Teralytics, 166 salieron en tren, 414 decidieron volar y 257 viajaron en su propio auto. Esa noche la gente atemorizada provocó una estampida que la televisión local pasó en vivo desde la estación central de Milán. Cientos de personas cargando improvisadas maletas corrían por los pasillos y literalmente asaltaron el último convoy como si de eso dependiera su vida.

Esta imagen que muchos nunca olvidarán y que califican como un verdadero éxodo, es apenas un pálido reflejo de lo que fue verdaderamente el escape. Para entender la dimensión de lo que pasó hay que regresar a febrero, exactamente al 23 de febrero.

Ese nada convencional domingo, según la empresa suiza especializada en datos y estadísticas, partieron hacia el sur 9.149 personas, cuatro mil más del promedio normal. La mayoría se dirigió hacia Nápoles, Sicilia y Cerdeña, de donde la mayoría de los italianos que habitan en el norte son originarios.

La policía encargada de guardar el orden en Catania circula sin contratiempos por las calles de la ciudad.

Los siguientes días la huida mermó, pero siempre fue más de lo normal hasta el 28 de febrero, último fin de semana antes del cierre, que registró 1.640 personas provenientes las zonas de Lombardía, Piamonte, Véneto y Friuli. Estos datos aún tienen muchas áreas grises, los medios llegaron a mencionar que fueron muchos más de los diez mil estimados. Y es que el norte de Italia está lleno de migrantes sureños, muchos de ellos que recuerdan su natal sur con la añoranza de su verdadera patria. Zonas tan distintas que parecen dos países diferentes: uno rico y ordenado, el otro pobre y más improvisado. Lo curioso de este tiempo es que lo más duro de esta pandemia le tocó vivir al hermano rico del norte convertido para ese marzo fatídico en el tercer país más afectado, luego de China y Corea.

La gente así llegó al sur donde la vida es más relajada, donde todos se saludan con beso en la cara, donde pareciera que a nadie le importa lo que pasa en el mundo.

Lo extraño de todo esto: en el sur no hubo tantos contagios como en el norte. Y no es que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social sea una regla, simplemente esas diez mil personas que abandonaron la zona de infección no causaron lo que en teoría se temía y que el gobierno advirtió que sucedería. Simplemente no pasó lo esperado.

Sentirte en otro planeta

Nosotros, con mi pareja, veníamos de un largo viaje haciendo una pausa en Croacia. Llegamos a Catania, la segunda ciudad más poblada de Sicilia luego de Palermo, y una vez más esta isla nos sorprendió. Esta vez no fue su belleza o su historia.

Esta vez fue la increíble ausencia de cualquier norma de bioseguridad con la que la gente nos recibió. Antes de llegar a Sicilia pasamos por Croacia y ya estar ahí fue impresionante por la poca importancia que la gente daba a las medidas que el gobierno recomendaba sobre el uso de la mascarilla y la distancia social. Pero Catania fue como regresar al pasado o ir al futuro, al que todos esperamos donde la pandemia es historia. A la salida del aeropuerto decenas de personas esperaban a sus familiares agitando manos, hablando a gritos con esa grandilocuencia propia de acá, con ramos de flores y carteles.

En los bares y restaurantes de los poblados de Sicilia todo transcurre en absoluta normalidad.

Estos al ver a sus conocidos se lanzaron a sus brazos, se quitaron las mascarillas, se sacudieron del estrés de las normas del avión y todo cambió. Nada pasaba, nadie se cuidaba, la familia se abrazaba otra vez como si no hubiera una amenaza a su salud por actuar así. Los únicos con mascarillas, con los ojos bien abiertos por la impresión y guardando las distancias, éramos nosotros, los foráneos, los turistas. Como nunca nos sentimos casi extraterrestres.

El amigo que nos fue a buscar sonrió con cariño y al vernos casi espantados por ese comportamiento, fue a buscar su mascarilla. Solo pudo decirnos que así es Sicilia y que siempre será así. Por la ventana del auto mirábamos atónitos como nadie usaba mascarilla, ni en los espacios cerrados ni en el transporte urbano ni siquiera las personas que atienden en bares o restaurantes. Y como nuestro destino era un antiguo pueblito pequeño de 1.614 habitantes, enclavado en las montañas de la provincia de Messina al norte de la isla, atravesamos la ciudad y pasamos por otros pueblos costeros más turísticos, y pudimos constatar la misma situación.

Longi se llama nuestra provisional actual residencia. Y en Longi no hay casos ni de contagios ni de muertos. No hay mensajes de alerta por el Covid-19 ni noticias de contagios o muertos ni nada fuera de la clásica convivencia de toda la vida. El hospital de Capo d’Orlando, la comuna más grande del sector, nunca colapsó ni siquiera tuvo pacientes críticos. Los lugareños, muchos campesinos donde la población de ancianos es alta, se sienten como nunca en la tierra donde pasa lo de siempre

Como cada verano, el pueblo se apresta a vivir sus fiestas patronales, recibe a sus familiares que vienen del norte de Italia como buenos sureños y lo único que lamentan es que este año no vendrá el cantante de rap que esperaban. No porque el concierto acarree peligro para sus vidas, sino porque el organizador lo ha decidido así para no tener problemas con las autoridades que tienen que cumplir con disposiciones burocráticas que el Gobierno les exige.

Ese gobierno lejano que vive en el continente y que los ha olvidado por tantos años y que se acuerda de ellos solo para exigir el cumplimiento de normas que no se adecuan con su realidad. Eso piensan todos, esa es su verdad.

En el bar cuelga un escueto papel que habla de una distancia social que nadie cumple y tiene una botella de gel desinfectante en la entrada que nadie usa. Los camareros llevan la mascarilla en el codo o simplemente no la tienen y hasta los policías entran a tomar cualquier cosa ahí sin preocuparse por esas pequeñeces.

Los ancianos están como siempre jugando cartas, tomando vino o café en el parque. Los niños del pueblo se reúnen con los primos que han llegado del norte y en galladas recorren el pueblo haciendo ruido con sus juegos cuando el sol cae un poco en este intenso y caluroso verano. Los adolescentes, en cambio, son nocturnos y se pasan en trasnochadas fiestas hasta la madrugada, todos los días. Solo el intenso sol del mediodía hace que el pueblo sea realmente silencioso.

El virus, cosa de locos

Para los habitantes de este pueblo el virus es una cosa de locos. Los vecinos nos dicen que debe ser la genética cuando les contamos de lo difícil que está pasando nuestra familia en Sudamérica. No entienden, no tienen porqué. Algunos nos dicen que están tristes porque muchos de sus familiares se quedaron sin trabajo y regresaron al sur, pero casi todos contentos de que este año el turismo local los ha salvado de lo que pensaban iba a ser un desastre para este sector. El hotel y las casas que trabajan en la modalidad B&B, están reservados para todos los siguientes fines de semana hasta el fin del verano, así como las agro-haciendas turísticas muy de moda ahora.

Nuestro cronista invitado Santiago Andrade llegó a Italia hace varias semanas desde Croacia. Antes estuvo en Nueva York y California.

Escribo esta crónica mirando la calle principal que se adorna como cada domingo. El pueblo se ha levantado con el clásico repique de las campanas de la catedral medieval que tienen en el centro y los veo desfilar saliendo de misa. Luego, como de costumbre, se quedarán en el café de siempre o en el bar de siempre que nunca cierra, donde la vida pasa como siempre. Por la noche todos irán al parque a comer pizza, tomar vino y pasar en familia.

La tranquila vida del pueblo, donde todos se conocen, solo se agita cuando nos ven. Nosotros los foráneos, tratamos de pasear con disimulo, como si fuéramos en puntillas para no alterar su rutinaria convivencia, inamovible por años, pero la mascarilla nos delata y hace que nuestros pasos suenen como si tuviéramos zapatos de metal.

Ventajas y desventajas del teletrabajo

El teletrabajo tiene ventajas y desventajas tanto para los empleados como para los empleadores, en medio de la pandemia por el coronavirus. Adaptarse a esta nueva modalidad  implica, sobre todo, un cambio en la salud mental de los teletrabajadores.

Un estudio del Grupo de Investigación Multidisciplinar (SIGTI), de la Escuela Politécnica, permitió conocer la realidad y los retos que enfrentan las dos partes que involucradas en el teletrabajo.

Escucha en este podcasts testimonios y vivencias de quienes se han debido acoplarse a esta modalidad.

La genética y la predisposición ante el Covid-19

Paola Leone, investigadora del Centro de Investigación Genética y Genómica (CIGG), de la universidad UTE, nos explica en este podcast el “Proyecto sobre genes de predisposición a la infección de Covid-19”.

Este estudio permitirá comprender de mejor forma porqué la infección del coronavirus tiene distintos grados de afección y debido a qué ciertas personas tienen mayor riesgo a infectarse, de acuerdo a su característica genética.

Negocios mutantes, una realidad tras la pandemia en QUITO

El Covid-19 obligó a muchos negocios en el Ecuador a sobrevivir y reinventarse. Sus líneas de producción cambiaron y hoy elaboran otros productos que la gente requiere, en función de las nuevas necesidades frente a la pandemia.

En Quito apenas 8 de 473 negocios pudieron trabajar con cierta normalidad, mientras que los comercios restantes no han tenido ningún tipo de ingresos.

Dos emprendedores cuentan en este podcast cómo han mutado sus negocios para innovar, en medio de la pandemia. Sus consejos son valiosos para enfrentar la adversidad económica.

En Zagreb, el Covid-19 parece un fantasma olvidado

“Salimos de Nueva York el último día que se podía y llegamos a una zona rural del norte de California, el 12 de marzo. Luego de cuatro meses fuimos hacia Europa. Tuvimos 20 horas de viaje, hicimos dos escalas, pasamos por tres aeropuertos todos vacíos, pero ni un solo agente de migración nos entrevistó ni al salir de Estados Unidos ni al entrar en Europa. ‘Mundo sin fronteras’, pensé. Llegamos a Croacia y no nos pidieron cuarentena. Ese día, parecía uno más, como todos, pero no lo fue…”.

Santiago Andrade, especial para Código Vidrio

“Nadie sabe lo que va a pasar, en el siguiente segundo morirán miles de personas, nacerán miles o quizá más, unos se atraerán y otros se alejarán; la incertidumbre es la materia del Gran Espíritu y está presente todo el tiempo, es bastante natural. La única certeza es que todos vamos a morir y es bueno recordarlo para estar en paz en vida y no esperar para estar en paz recién de muertos”, así recuerdo las palabras de un abuelo en el Imbabura de quien aprendí el oficio de curandero cuando joven.

“La paz para nuestros pueblos, es nuestra sagrada profecía”, decía. En ese tiempo estaba seguro de que ese día llegaría pronto. Se suponía que todos reconoceríamos la llegada del Pachakutik, entendido su significado quechua como la transformación de una era. Señales claras, inequívocas donde todos volverían a mirar a la madre tierra como nuestra familia. “Quizá nuestra atención la tenemos puesta dónde no es, por ignorancia, pero llegará el día donde nadie podrá decir que no sabía que destruir la naturaleza era condenar a muchas familias a penurias y a poner en riesgo la vida del ser humano”.

Esta mañana lo recordé, mientras pasaban las nubes sobre los tejados de Zagreb en Croacia y veía hacia la calle como ya nadie usa mascarilla y el covid pareciera solo un fantasma olvidado.

Llegamos a este país hace poco y es nuestro momentáneo último destino. Nuestro viaje comenzó hace siete meses cuando llegamos a Nueva York desde Ecuador a cumplir con una beca artística. Partimos de luto porque mi padre Nelson había muerto el 31 de diciembre y su partida envolvió mis pensamientos y mis sentimientos durante meses.

La muerte siempre es un misterio y la vida también, la incertidumbre de lo que sucederá siempre ha estado al lado y nada está completamente seguro. Toda la vida silvestre lo sabe y cuida su espacio con inteligencia, atención y trabajo. Nosotros, no. No somos conscientes de nuestra propia basura, menos aún del pensamiento, del sentimiento, del impacto que generamos con nuestra presencia.

Santiago Andrade permaneció varado en California casi cuatro meses por la pandemia. No pudo volver a Ecuador, y hace dos semanas viajó hacia Croacia.

No lo queremos ver, porque la responsabilidad en nuestros actos exige atención y trabajo diario; disciplina y visión para ser expertos en el reciclaje de nuestra propia energía. Pero hay tiempos proféticos como estos, en donde esa incertidumbre se hace más consciente porque nos topa a todos, y no hay manera de negarla. Este virus invisible a los ojos, como la energía que viaja en nuestra palabra a todo el universo, nos pone en la atención a todo lo que significa energía. De eso estamos hechos todos, es nuestro cuerpo, pensamiento, sentimiento, nuestra vida y nuestra memoria.

“Llegará el día en que las ciudades se callen”, decíamos cuando éramos muy jóvenes, “para escuchar a nuestra naturaleza, para darnos el tiempo de escucharnos a nosotros mismos”, lo repetíamos como un augurio del día del inicio de la profecía que queríamos vivir. Nueva York hizo cuarentena y se calló. En silencio nos quedamos en casa. Aprendimos, como todos, a cuidarnos de otra manera, sin tocar a nadie, tomando atención de todo y madrugando, como nunca, para evitar aglomeraciones; tratando de hablar menos con extraños, aprendiendo nuevamente a cambiar hábitos y acompañar a la familia estando lejos. Aprendiendo de adultos a cambiar, a buscar nuevas certezas que nos permitan cuidarnos mejor; mirar más allá de nosotros, dejar de ser tan egoístas y limitados, ciegos a la responsabilidad que todo acto genera y a su consecuencia, como respuesta al equilibrio que dicta la suprema ley de nuestra naturaleza: la reciprocidad. Ella es el gran sistema de salud que sostiene todo y no sólo a la humanidad sino a lo diferente de nosotros, aquello que nuestros ancestros llamaban familia, todo lo que habita en esta esfera inmensa, en el sagrado vientre de este gran ser que es el planeta.

Porque nuestros antepasados no se miraban solo en lo humano, se reconocían en toda la naturaleza, eso hemos olvidado. Pensar que nos creemos la cúspide de la evolución, es algo irónico, a veces creo que poco inteligente, porque nos impide ver que es más saludable reconocer lo que nos junta que lo que nos diferencia. Quizá sea bueno agradecer los cambios, aceptarlos con valentía al menos, y a esta emergencia que nos ha puesto en acción para mirar nuestra forma de vida.

Salimos de Nueva York el último día que se podía y llegamos a una zona rural del norte de California, el 12 de marzo. Bosque, belleza, agricultura e inspiración, así podría describir el tiempo en la cuarta economía mundial, donde la vida del agricultor y ese gran amor por estar cerca al abuelo volcán, me evocaba a nuestra comunidad al pie del Imbabura.

La gran montaña Shasta, lugar sagrado para todas las tribus de alrededor, me recordaba nuestros volcanes. Me sentí con suerte, respirando aire amigable. “Nuestra vida es una montaña” decía mi padrino. Cada uno somos una porción de tierra que decidió ponerse de pie. Por eso vamos a la montaña a encontrarnos con nosotros mismos y con nuestros antepasados. Por eso fuimos a la montaña y a la laguna a dejar ofrendas a nuestros antepasados y pedir por la memoria de nuestros muertos, por la salud de los vivos y por el cuidado de nuestros ancianos y enfermos. Así y a la distancia nos despedimos de Anita mi hermana que falleció el 28 de marzo y de mi compañero de colegio Marcelo que falleció también, así como de mi padre.

El luto era grande porque también nos dolía el país, el mundo entero. Como a todos, nos ha tocado vivir este luto sin abrazar a nuestros familiares, no pudimos enterrarlos ni acompañarlos. Menos mal nos podemos encontrar siempre con todos cuando vamos a la montaña, a la laguna o a la cascada a agradecer por la vida y a pedir fortaleza. Los pueblos indígenas de las praderas en Norteamérica dicen que el luto es un tiempo sagrado en la vida de todos, en donde el espíritu nos llena de sagradas lágrimas que nos recuerdan el dolor visceral de la ausencia. Cuando se llora, estas purifican todo lo que topan, caen adelante aclarando el camino de la vida, para no sentirnos solos nunca más, para no temerle al final.

Dicen también que el Gran Espíritu tiene muchos nombres, uno de ellos es: Nosotros. Su lenguaje no tiene la palabra: ‘yo’, porque nadie está solo ni se hizo solo, porque para reconocernos hay que reconocer lo que nos rodea como nuestro parecido, nuestro pariente. Porque para el Gran Espíritu todos somos importantes, todo es importante y la vida es plena cuando podemos entender esta relación. Eso también lo dice el mundo andino, cuando habla de la reciprocidad con todo lo que existe en nuestro mundo, en el de arriba y en el de abajo también.

En Zagreb, Croacia, las personas no utilizan mascarillas, solo se aplica el distanciamiento social, como medida para prevenir el Covid-19.

Vivir en medio de la naturaleza fue un lujo en tiempo de pandemia. La vida en el campo nos permitió tornar otra vez la atención a la simpleza de las cosas. Sin duda eso fue lo que nuestra vida necesitaba para sentirnos mejor. Eso y volver a prestar atención a nuestro cuerpo, al orden en nuestro entorno, a nuestros hábitos de limpieza de nuestra casa, a la información que consumimos y la energía usamos en este tiempo. Uno de mis maestros decía que la seguridad era una ilusión, que lo único que nos hace seguros de nosotros mismos es primero ponernos en paz con nuestro origen. A eso le llamaba: sombra del pasado. “Hay que tener buena sombra” decía, para que te cobije la coherencia de tus actos, para que tu vida sea el testimonio de lo que dices y el honor vuelva a ser parte de nuestros valores. Reconocer nuestro origen común nos construye y construye tradiciones, educa y permite la cultura. Cuando negamos nuestro pasado nuestras certezas son ficticias y nos acostumbramos a ellas, a lo que creemos saber y a lo que llamamos “confort”.

Somos más débiles e inmaduros, faltos de herramientas para enfrentar las dificultades, y nos negamos a cambiar, incluso cuando es vital hacerlo. ¿Y cuándo es vital hacerlo? Cuando nuestros hábitos dañan a los demás. Pero mientras la crisis no nos tope o tope lo que amamos, no nos importa el otro. Este tiempo exige que esto cambie, que ese pasado de injusticia muera y que estemos en paz con nuestro origen, para recuperar nuestra memoria y saber que somos los hijos de esta tierra; ella nos cuida y nos alimenta, y se merece de nosotros lo mismo.

Grandes enseñanzas de este tiempo que marcan el camino al vivir en plenitud, pensando bien, sintiendo bien y obrando bien. El encontrar el propósito de nuestra vida y reconocerlo en el propósito de nuestra comunidad, el encontrar la medicina en nuestras relaciones, el respeto a toda forma de vida y el reconocimiento de la naturaleza como nuestra familia, cobran más vigencia que nunca en este momento donde se mira la falta de amor, de respeto y de valores que deberíamos tener y no tenemos. Aprender mejores maneras de llevar nuestra ira, nuestra tristeza, nuestra agresión; regresar a mirar nuestra naturaleza, volver al núcleo y al principio, al respeto por todos. Y otra vez la voz del abuelo en mi cabeza diciéndome que las profecías no son como las imaginamos. Son más sencillas de lo que pretendemos, construidas por gente simple y normal, que sabrán que el tiempo ya no es el mismo, y simplemente cambiarán para bien. Nuestro origen y nuestro futuro se condensan en este presente con tanta fuerza que parecería ese, el llamado de atención de esta pandemia. Para, quizá volver a la sencillez, a la conciencia en el consumo y en el uso de nuestra energía y recursos; dejar tal vez de una vez por todas nuestros excesos y cuidarnos más. El misterio de la vida se manifiesta con cambios profundos para todos.

En la capital de Croacia reina la normalidad, parece un país fuera del resto del planeta, agobiado por el coronavirus.

El poder del presente es reconocer el lugar donde estamos y hacer de ese espacio lo mejor para nosotros, eso también es el Pachakutik: la unidad del tiempo pasado y futuro en el presente, la conciencia del cambio y el retorno a la armonía. Es el momento cuando las fuerzas negativas son tan grandes que ya no pueden crecer rápido. Es el momento cuando las fuerzas positivas comienzan a crecer más rápido que antes y todo se equilibra otra vez. Es el círculo de la medicina y el concepto de equilibrio en símbolos como la Chakana andina. Es la antítesis, que planteada, es la semilla de la tensión justa que creará armonía otra vez. Quizá no sea como lo imaginábamos, ni como lo estábamos esperando, quizá las profecías no sean así, quién sabe…

“Ojalá sea así”, pensaba el día que salimos de Estados Unidos, hacia Europa. Tuvimos 20 horas de viaje, hicimos dos escalas, pasamos por tres aeropuertos todos vacíos, pero ni un solo agente de migración nos entrevistó ni al salir de Estados Unidos, ni al entrar en Europa. ‘Mundo sin fronteras’, pensé. Llegamos a Croacia y no nos pidieron cuarentena. Ese día, parecía uno más, como todos, pero no lo fue.

Recordaba el último cuadro que pinté y que no logré terminar porque no he podido regresar a aquel estudio en New Jersey, fue el retrato de mi padre y un auto retrato a la vez. Ahora mi padre está en el agua, en el fuego, en la tierra y su palabra en el viento. Su voz en mi pensamiento cada vez que hablo o escribo de él. Esa voz que calmaba mi ser, que me daba certezas en mi vida, me dice que este es el tiempo que tanto esperábamos. Ya no más justificaciones, la tierra debe volver a ser el sitio sagrado donde el ser humano pueda vivir a plenitud y encontrar la sabiduría, cuidando su relación con la naturaleza y el cosmos. Puedo reconocer también la voz de mi maestro que murió hace ya largos 8 años, que me dice que la voz de nuestros antepasados nos habla desde el interior y nos aconseja. Hay que hacer silencio para escucharla. A esa voz le decimos esperanza, le decimos la profecía de un nuevo mundo para nuestros hijos, donde el ser humano se vuelva a sentir bien consigo mismo y su familia. Una sociedad donde la enfermedad no nos deje ver la miseria de nuestro abuso, sino la salud y la generosidad que recíprocamente compartimos con todos, como lo hace nuestra madre, la Tierra, con justicia. “Estamos aprendiendo recién a tejer fino”, diría mi Taita en el cielo.